17 ene. 2018

Tatuaje

 Estaba leyendo este artículo del NY Times esta mañana.
      -No lo sé, le dije."
 Aparte de los motivos que llevan a que una persona se haga un tatuaje, variados, exóticos, profundos, edonistas, está también toda la historia o la referencia que nos evoca. Por ejemplo, con quién estábamos, quién ayudó a escoger la forma exacta, la figura perfecta, qué representaba en el momento de hacerlo, qué recuerdos tristes o hermosos van asociados a él. Muchos de los tatuajes se suelen hacer en momentos importantes de la vida; pueden ser revueltos, plácidos, intensos, ligeros, épocas de cambio, época de logros: importantes. Y así esa importancia será recordada también junto al dibujo en la piel, además de todas esas referencias de las que hablábamos antes. 
Pero, pensaba también, cuando Alana Dakin se miró al espejo, unos meses después, en la casa de un hombre a quien apenas conocía y sonrió, además de a su pareja desaparecida, además de a Ulises y a Polifemo, además de a su terapeuta y al oficial de la policía, recordó también a su tatuador.
No importa si fue simpático o borde, hablador o silencioso, si contaba historias aburridas o exultantes. El tatuador es esa figura casi invisible que nos provoca el placer y el dolor de conseguir un sueño, de materializar una idea que nos rondaba hacía tiempo. Está ahí, encorvado sobre tu espalda, tu brazo, tu viente. Y así estará, durante años.



29 dic. 2017

Los alegres hombres de Sherwood

     Unos meses después de llegar a España, tuve cierta relación, durante seis meses aproximadamente, con un Centro de Ayuda al Refugiado. Existen, o existían, varios por todo el país; en específico éste estaba en una zona que se conoce como Partida Torregroses, entre Alicante y Sant Vicente del Raspeig. Allí conocí a varios chicos, mujeres y niños africanos traumatizados por la cercanía con la muerte, esa cercanía que lleva a pensar que están vivos de milagro, y digo milagro no como una casualidad improbable, sino como su significado más literal de intervención divina. Conocí de cerca a Anna, una chica rusa de las afueras de Moscú, alcohólica y enferma de algo que no pude precisar qué era; y a su hermano Alex, y a la madre de ambos, Irina, que tocaba el piano y a quien le gustaba pasearse semidesnuda por los jardines, a la madrugada, cuando suponía que ya todos dormían; a una familia moldava, que no soportaba que los confundieran por rumanos aunque aceptaba que los tomaran por rusos; a otra familia de armenios, Greg, Greta y Artur, que se llevaban razonablemente bien con los rusos, pero que en privado te aseguraban que los rusos eran unos hijos de puta racistas.


     La gobernanta del CAR de Alicante se llamaba Paula, una portuguesa simpática y, en general, buena gente. Paula y su marido vivían en unas dependencias adyacentes al centro, en una caravana, o algo similar, si no me falla la memoria. Su marido se llamaba Víctor, era alcohólico y se encargaba del mantenimiento del lugar, la jardinería y ese tipo de cosas. Víctor contaba que había sido paracaidista y que en un salto fallido se había roto la mandíbula y había perdido todos los dientes. Posiblemente fuera mentira. Decía que era ex alcohólico, pero todos sabíamos que bebía a escondidas. Por las tardes salía a pasear con los perros –que, a la postre, fueron llevados a la perrera y sacrificados tras atacar varias veces a los vecinos- y buscaba alguna de las botellas que escondía por los alrededores. Quizás por eso Paula tenía cierta manera de ser –o parecer- triste. Una de esas mujeres que a uno le dan deseos de abrazar sin que medie ninguna razón ni sentimiento especial. Una tarde me la encontré en un sitio donde se suponía que no debería haber nadie: desnuda,  de rodillas, jugueteando con el sexo de Johnny, un chico de Namibia que, por algún matiz fisónomico, parecía estar siempre sonriendo. No le vi la cara pero sabía que era ella. Y me pareció que era una de esas cosas que tienen que pasar. 

     Durante aquellos últimos meses de 2002, en el CAR de Alicante se formó un grupo extraño y multinacional. Además de algunos de los ya mencionados estaba también Solomón, etíope -o eso decía- que parecía envuelto en un halo de misterio; unos colombianos perseguidos por las FARC, o por el gobierno; Ahmed, un joven palestino; un nigeriano que se había mostrado incrédulo cuando le dije que yo no creía en dios, en ninguno; entre otros.  Por lo general, el nexo de unión y principal pasatiempo era beber. Beber alcohol. Cada céntimo que lográbamos reunir se gastaba en la sección de bebidas de un supermercado de Villafranca. Y con bebidas digo, básicamente, cerveza y vodka. Nos sentábamos en los alrededores del centro, reíamos, jugábamos a las cartas, contábamos historias en una mezcla de idiomas tamizados por un castellano lo suficientemente básico como para que todos lo entendiéramos. Se hubiera podido decir que era un grupo feliz, feliz al estilo de los hombres alegres de Sherwood, con una pizca de alegría pasajera y muchísima tristeza de forajido que se sabe solo, desafortunado y sin futuro. Poco después de dejar de frecuentarlos, me llegaron noticias de que uno de ellos se había suicidado, ahorcado en la rama de un árbol del jardín. Unos meses después otros dos le seguirían los pasos. Un poco más tarde cerrarían el centro. Una de esas nostalgias injustificadas.

24 dic. 2017

Leyendo novelitas

     Posiblemente en una estimación poco científica, de los libros que he leído ocho de cada diez hayan sido de ficción. Mi nada fiable memoria recuerda que el primer libro que leí por mí mismo, sin que nadie me lo regalara ni me lo mandara, yendo al anaquel de la biblioteca de mi escuela de primaria, se llamaba "Tartarín de Tarascón". El último ha sido "La infancia de Jesús" de Coetzee. Ambos de ficción.
     No me considero moderno, ni post, por edad no entro en ese grupo amorfo de los millenials, no soy religioso, siquiera creo en cuestiones "paranormales". Soy algo así como un humanista. Humanista en el sentido de creer que un individuo, decentemente instruido, es libre, así como responsable de sus actos basados en su capacidad de elección; en la capacidad del hombre y la mujer de administrar su libertad, la tolerancia o la independencia, entre otras cosas. Me gusta estudiar al ser humano, entenderlo, o intentarlo acaso. Y por eso leo libros de ficción.
     La ficción literaria o artística tiene el gran atractivo de querer (a veces lo consigue, otras no) estudiar al ser humano, prever las posibilidades de razonamiento, comportamiento; estudia al ser humano no para saber qué piensa o cómo se ha comportado, sino que podría pensar o cómo se podría haber comportado. La ficción bien hecha (por eso me empecino en ponerle los adjetivos literaria o artística, por intentar diferenciarla de la prosa imaginativa en general) nos ofrece la posibilidad de enfrentarnos a casi cualquier posibilidad de comportamiento humano. La historia también lo hace, pero está limitada por la verdad (o las verdades), por el conocimiento de los hechos descritos, detalla lo que ya ha ocurrido. El único límite de la ficción es la imaginación enfocada en el entendimiento del ser humano y sus posibilidades, sus luces y penumbras, cuenta lo que puede llegar a ocurrir.
     Lo que usted intenta ocultar, lo que cree que piensa, sus sueños y sus temores, sus secretos y sus verdades, lo que podía pasar si..., ya ha sido previsto por algún narrador. Y quizás yo hasta lo haya leído.




22 dic. 2017

Fiestas, otra vez

      En "El animal moribundo", Philip Roth ubica una escena importante la noche del 31 de diciembre de 1999.
    (Por cierto: como una de los protagonistas -Consuelo- es de origen cubano, justamente esa noche la cadena ABC transmite la llegada del año nuevo en Cuba: "Ni ella ni yo habíamos esperado que eso apareciera en la pantalla, pero lo que estaba ante nosotros era La Habana. Desde un anfiteatro donde están acorralados un millón de turistas y al que llaman club nocturno, llega la encarnación, en un estado policial embalsamado, del sensacionalismo caribeño... No se ven más cubanos que los artistas de variedades carentes del arte de divertir, muchos jóvenes vestidos de ridículos trajes blancos...".)

     Pensando en estos días en el significado de algunas fiestas, recordé que una vez estuve de acuerdo con el narrador de Roth en que básicamente en estas fiestas (y en otras muchas: aniversarios, cumpleaños, patrióticas y religiosas) celebramos el paso del tiempo.
     La navidad se ubicó tan cercana al cambio de año para crear confusión y que el hecho religioso cobrara relevancia. La fiesta es extensa, por tanto, y, como sucede también en carnaval, se producen esas raras mezcolanzas de religiosidad e irreverencia: abetos y sus imitaciones en plástico, exceso inmisericorde de luces, cristos que nacen, cantos edulcorados de todas las tendencias, papánoeles, mariscos, turrones, alcohol, reyes magos y cargos de conciencia. 
     Las personas religiosas, en realidad, no lo toman con la seriedad que se podría esperar; y los que no lo son se unen a la barahúnda de buena gana, con desenfado; ambos grupos intuyendo que es, como he dicho y ha dicho Roth, un festejo que nos da la sensación de comprender algo que en realidad no comprendemos. "El paso del tiempo. Estamos nadando, sumergidos en el tiempo, hasta que al final nos ahogamos y desaparecemos. Esta nadería convertida en un gran acontecimiento".
     Pues eso: felices fiestas.

20 dic. 2017

Laboriosa búsqueda de la infelicidad


       El término felicidad es tan impreciso como la mayoría de los conceptos ligados a los sentimientos. Se suele asociar, por ejemplo, a un estado de ánimo, a algo circunstancial y efímero. Si buscamos sinónimos de la palabra, encontramos: júbilo, alborozo, regocijo, entusiasmo, algazara, alegría, exaltación, gozo, placer… Todas ellas remiten a transitoriedad, a lapsos de tiempo de disfrute y no a un estado duradero. Porque creo que cuando hablamos de felicidad, de un estado genérico y, más o menos, duradero, pensamos en otra cosa, quizás en algo así como una felicidad filosófica, existencial, alejado de los ya mencionado estados de ánimo.
     Aristóteles remetía a la felicidad como un estilo de vida, al ejercicio y desarrollo de las virtudes personales; Epicuro al equilibrio y la templanza; Slavoj Zizek lo plantea como paradoja, la felicidad como un asunto de opinión y no un hecho verdadero. No, no pretendo una aproximación pedante, son sólo un par de ejemplos de la variedad de posibilidades de afrontar el mismo concepto. Cada uno de nosotros es un filósofo. O mejor decir muchos de nosotros. Aquellos que se preguntan los por qué de muchas cosas e intentan encontrar respuestas más o menos alejadas de la superstición. De ese modo, si cada uno pensase en qué es para sí la felicidad y lo pudiera explicar y comunicar coherentemente, tendríamos millones de visiones diferentes.
     Hace muchos años yo asociaba la felicidad con una imagen bucólica y cursi: una casa junto a un río, con árboles frutales al fondo, una gran mesa, miles de paquetes de folios que me encargaría de rellenar con ideas y propuestas geniales, una mujer que me abrazara por la espalda y quisiera fisgar qué estaba escribiendo. Hoy, está asociada con la paz, la tranquilidad mental, el equilibrio, la posibilidad de aceptar y negociar con mis fantasmas; la seguridad que sólo es posible a través de la aceptación y control de la verdad, esa verdad absoluta, tremenda, devastadora, que nos libera. En el transcurso de nuestras vidas somos muchas personas, cambiamos constantemente, somos un amasijo más complejo cada vez, dentro de otras complejidades vitales. Por tanto también varía nuestro concepto de felicidad, y otras muchísimas cosas.
     Todos queremos ser felices. Todos decimos buscar la felicidad. En apariencia es así. Sin embargo, el ser humano, esta especie poco más desarrollada que cualquier simio que somos, se pasa gran parte de su tiempo luchando contra su propia felicidad. Hay una contradicción evidente en cada uno. Desearíamos ser felices, pero hacemos todo lo posible por no conseguirlo. Está siempre esa ocasión ofrecida,, ese todo a nuestro favor, se dan ciertas condiciones que lo podrían facilitar y, visto desde fuera, podría incluso considerarse que es una tarea fácil. Pero resulta que lo fácil nos suele parece nimio, aburrido e insípido. Podríamos dar un par de pasos y alcanzar ese estado de felicidad existencial, esa posibilidad de sentirnos realizados, completos. Sabemos que es posible, lo rozamos… No, demasiado fácil. Por alguna razón, llegamos al convencimiento de que preferimos añadir algo más de sustancia, tensión, pimienta, adrenalina, aventura, sueños, visiones. La vía fácil para llegar a la felicidad habitualmente se desecha.
     Todos decimos querer ser felices.
     Todos, o la gran mayoría, se enfrasca en una laboriosa búsqueda de la infelicidad.
     Ser felices es difícil, infelices no tanto.