28 jul. 2011

José Tomás, ese fenómeno

Después de casi diez años de vivir en España, uno de los fenómenos que no logro entender es la pasión que se levanta alrededor de las corridas de toros.  El torero como figura que se inmiscuye en dos áreas sociales –artes y deportes-, a medio camino entre guerrero, modelo y figura cómica –la representación genérica del torero me recuerda siempre a la del arlecchino de la comedia del arte, y algunos de los participantes en las corridas, esos otros más o menos anónimos, al pierrot-, traspasa las plazas e influye en otros niveles de manera que terminan convirtiéndose en figura pública de primer orden, incluso en leyenda cuando tienen la desgraciada suerte de morir por asta de toro.

El pasado 23 de julio, en Valencia, por ejemplo, tuvo lugar un acontecimiento que rebasaba la función artístico-circense del toreo y se convierte en fenómeno de masas del que pocos medios de comunicación se demarcaron. Varios días antes los noticiarios, periódicos y tertulias recuerdan que en la plaza de toros de Valencia reaparecía José Tomás, tras 15 meses fuera de los ruedos, desde la  jornada del 24 de abril de 2010 cuando en la población mejicana de Aguascalientes el toro Navegante le perforó la pierna izquierda y lo dejó al borde de la muerte de la que, cuentan, sobrevivió milagrosamente


En la prensa nacional se escucharon cosas así: “Alrededor de un centenar de medios de comunicación, entre prensa escrita, cadenas de radio y de televisión y portales de internet, cubrirán desde la plaza de toros de Valencia la actuación del matador madrileño José Tomás.” / “Hace tiempo que las entradas están agotadas y su precio en internet (y en corrillos presenciales) cotiza con alzas más que notables. Por ejemplo, una entrada de sombra en la primera barrera se oferta a 2.400 euros (16 veces más cara que en taquilla) y ni siquiera la modesta fila 9 del graderío se libra de la inflación de reventa, con precios que rondan los 300 euros (frente a los 28 de taquilla).” / “Al igual que el Gran premio de Europa de F-1, la vuelta de Tomás genera un impacto económico en la economía local digno de ser tenido en cuenta. En este caso, superior a los dos millones de euros en un solo día.” En resumen: José Tomás ha rebasado ya la caracterización de figura de toreo para pasar a ser fenómeno de masas, movimiento social, gancho publicitario indirecto.

Entre otras cosas –batallas personales, su negativa a que televisen sus corridas, antecedida ésta de diferencias con organizadores de eventos; dejarse toros vivos en Madrid y Zaragoza; un prematuro retiro y su consecuente regreso; una personalidad que algunos catalogan de retraída-, lo que parece que más llama la atención de su figura es ese mal ángel, esa sensación de que cuando se le ve torear se está presenciando el final, el final de una vida que acontecerá en cualquier momento, en el siguiente lance, en el próxima. Dicen que esa sensación viene de una premisa, no dar un paso atrás aunque cueste una cornada.

El hecho de que este torero madrileño sea leyenda sin que haya acontecido su muerte, tiene que ver quizás con que se intuye que eso es apenas un detalle, un dato insignificante que será resuelto una de estas tardes. Un espectáculo como para no perdérselo, y allí estarán aunque una entrada en reventa llegue a costar 2.400 euros, aunque en Valencia cueste lo suyo encontrar  un hotel con habitaciones disponibles.

21 jul. 2011

Espíritu ruso

En Rusia, la ley no considera que la cerveza sea una bebida alcohólica.

Esta gente a mí siempre me ha maravillado. Su música, su literatura, sus tenistas, sus saltadoras de altura, el vodka, la mafia rusa y el contrabando de caviar. Genios.

La cerveza en ese país tiene la misma consideración que una soda cualquiera. Si uno se aburre en la oficina, por ejemplo, puede ofrecerle una fanta a la compañera y beberse cuatro o cinco cervezas, para combatir la sed. Un chico de trece años puede pasar por un kiosco, pedir un paquete de patatas fritas y seis cervezas para acompañarlas. 

La venta de esta bebida ha subido hasta los 76,9 litros por persona al año. O sea, que seas anciano, abstemio, recién nacido, borracho de lupanar, maestro o agente de la KGB, te tocan 210 ml diarios. Suficiente cantidad y distribución para que en otros sitios del mundo, en otras sociedades menos sensibles al tema, se tilde de alcohólica a TODA la población rusa, a sus 142 millones habitantes. (No tengo los datos, sin embargo presumo que la cifra de litros de vodka por persona al año debe ser similar).

Siempre se ha dicho que los rusos tienen algo de clarividentes, siempre se ha comentado que son distintos.

Tengo un par de amigos que encontrarán una excusa perfecta: recordarán a quienes les reprendan que siempre han tenido esa sensación de cercanía con el espíritu ruso de Tolstoi y Gogol, mencionarán a Eisenstein, a Rachmaninov, a Tchaikovski.  

14 jul. 2011

Un cartel de Humphrey Bogart

En el año 1999, el servicio postal de los Estados Unidos contrató a un artista para copiar la foto de Jackson Pollock tomada por Martha Holmes. La foto fue hecha en el estudio del pintor para una portada de la revista Life y mostraba a Pollock con uno de sus lienzos... y fumando. Por orden expresa de quienes pagaban, despareció el cigarrilo del sello conmemorativo:



En 1994 el propio servicio postal de los Estados Unidos había borrado otro cigarrillo en otro sello que tomaba como referencia una foto. Se trataba de la imagen del guitarrista Robert Johnson. Y este es uno de esos casos donde la eliminación de un detalle rompe la esencia de una imagen, ya que quitar el pitillo de la boca de Johnson es como borrar la guitarra que asoma, sin dudas muestras ambas imprescindibles de su personalidad:



Y hablando de rasgos distintivos: “Bebo mucho, duermo poco y fumo puro tras puro. Debido a eso es que estoy absolutamente en forma”, dijo Churchill. Hay pocos personajes cérebres tan asociados al hábito de fumar. Pues bien, el fotógrafo Yousef Karsh literalmente borró el puro de la boca de Churchill en una de las fotos que se muestran en el museo The Winston Churchill’s Britain at War Experience (la página enlazada, advierto, es auditivamente insoportable). La imagen podada del viejo Wiston parace estar pensando; ¿dónde coño habrán puesto mi habano?:



A lo largo del día una persona puede enfrentarse a un par de decenas de asesinatos, otras tantas peleas, un par de violaciones, algún suicidio y a miles de atropellos morales. Basta con poner la televisión, conectarse a internet o ir al cine. Si uno toma ciertos medios de transporte -por ejemplo, el tren de cercanías de Barcelona a Sabadell-, un sábado por la noche, verá manadas de adolescentes fumando hachís; esos mismos adolescentes -en nuestro ejemplo se dirigen a la Zona Hermética de Sabadell-, se atiborrarán de alcohol, pastillas y otros químicos; terminarán preguntándose que habrán estado haciendo las últimas dos horas, exhaustos, desmayados, con una intoxicación etílica o una sobredosis, entre otros daños, algunos de ellos irreparables.

Quiero decir: esos adolescentes –muchos de ellos ostentan el salvoconducto “menor de edad”- podrían darnos algún que otro cursillo acelerado de vicios y otras depravaciones. Sin embargo, por ellos, dicen, se confeccionan reglamentos prohibitivos, se manipula la historia y su importancia sin ningún atisbo de vergüenza.

En los últimos años hemos entrado en el esplendor de la Época de la Corrección Oficial. Y mientras se trazan programas, se adoptan medidas, se planifican reuniones para sentar las bases de..., el mundo va en otra dirección a la oficialidad y, por tanto, opuesto al buenismo histérico que defendemos como sociedad decadente. 


Hace tres o cuatro años le envié a mi madre que vive en Cuba un póster de Humphrey Bogart.
Mi madre ha visto “El motín del Caine”, “La reina africana” y “Casablanca” más veces de las que yo me haya podido leer el primer párrafo de la novela en la que estoy trabajando -y les aseguro que eso es una cantidad avergonzatemente elevada.

Era un cartel barato, encontrado en uno de esos dispositivos característicos para carteles de cines -o similares- que se encuentran en los  centros comerciales. Para enviarlo sin que ocupara demasiado espacio en el equipaje del amigo que me hacía el favor, lo doblé hasta el tamaño de un libro de bolsillo y lo guardé en el mismo paquete donde irían productos más bastos y de mayor utilidad. Era apenas un guiño, una manera de decirle que me acordaba de cosas.

Creí que el cartel habría terminado en algún cajón de armario, ese tipo de objetos que uno olvida y cuando un día topa con ellos sin querer, les profesa cierta adoración enternecedora y pasajera. Sin embargo, hace poco me enteré que mi madre había encontrado algunos trucos caseros para recuperarlo -trucos que incluían agua oxigenada y una plancha a temperatura media-, lo había hecho enmarcar y lo había colgado en el salón de la casa. Sí, me han dicho que allí sigue Bogart y el humo de sus cigarrillos.

Y es que mi madre no se ha enterado aún que Humphrey ya no es quien solía ser.

fuente de la imágenes: iconicphotos

7 jul. 2011

Ella & Louis


Cerré los ojos.

Cuando ella canta, Ella, uno siente esa conformidad con todo, esas ganas de estar solo, o sólo con ella, Ella. April in Paris: I never knew the charm of spring, I never met it face to face, I never new my heart could sing, I never missed a warm embrace.

Pero no estaba en París. Conducía, era de noche, y mientras duró el disco llegué a creer que iba por la Interestal 90, en algún punto entre Buffalo y Seattle, que era el año 1956 y que acababa de comprar aquel disco de Verve: "Ella & Louis".

Armstrong no rompía el toque mágico: su voz de trasnochado feliz, de bar y humo y borrachera melancólica, su voz de saxo tenor, y su trompeta que suena como si no quisiera, como si supiera que ya está bien, que canta Ella, que canta Louis.

"They Can't Take that Away from Me"