24 nov. 2011

Apostasía

En el cuento “Nadie se va a reír” de Milán Kundera –ese autor que se leyó con tanto ahínco durante varios años y que prácticamente ha desparecido-, el protagonista de la historia, un profesor que se niega a escribir un informe sobre un artículo dice: “… tú crees que todas las mentiras son iguales y parece como si tuvieras razón. Pero no la tienes. Yo puedo inventar cualquier cosa, reírme de la gente, idear historias y gamberradas, pero no tengo la sensación de ser un mentiroso ni me remuerde la conciencia; cuando digo esas mentiras, si quieres llamarlas así, soy yo mismo, tal como soy; al decir una de esas mentiras no estoy fingiendo, sino que en realidad digo la verdad. Pero hay cosas sobre las cuales no puedo mentir. (...) Si mintiese sobre ellas, me avergonzaría de mí mismo y eso no puedo hacerlo...”
Fotografía de Ray McSavaney
En los últimos meses he venido pensando en esta idea que se tiene de la relación entre la honestidad literaria y la honestidad a secas. ¿Cómo es posible que que algunos escritores se presentan ante el hecho creativo blandiendo una infranqueable sinceridad literaria, que le hablan a la literatura con el mayor respeto, la idolatran y piensan en términos como matar a sus padres –y esos padres no son otros que los más grandes escritores de siempre-, salgan a la calle y sean capaces de menospreciar, engañar, embaucar, estafar sin que sientan el menor remordimiento? ¿Cómo es posible que haya tanto desbalance entre las honestidades, como si se equipara la literatura con una religión imprecisa y politeísta?

Goethe y el Sturm und Drang. Ese acercamiento romántico a la literatura al que muchos se aferran como una especie de salvación para justificar toda la maldad de la que son capaces; exactamente del mismo modo en que algunos creyentes se enfrentan a penitencias para limpiar sus pecados.

Tengo varios amigos escritores: unos más talentosos que otros, unos más aplicados que otros, unos que reconocen no haber puesto en años una palabra en el papel o en el Microsoft Word excepto para escribir cartas, informes o actualizaciones de facebook y otros que aseguran sentarse  a diario a estampar letras en el vacío. (Y me incluiría en el párrafo anterior y en los posteriores si eso no llevara una asunción implícita de alguna virtud.) Todos, sin embargo, cuando lo hacen o lo han hecho, piensan principalmente en ser sinceros con ellos y con su religión literaria. Esos mismos amigos o la mayoría de ellos, principalmente aquellos que ostentan el título de emigrante, malviven en trabajos donde ni siquiera por asomo pueden utilizar su, en muchos casos, profunda preparación, ya sea académica o personal. Trabajos frustrantes igual a vidas frustradas.

Tienen herramientas -han pasado muchos años dándoles forma, han leído miles de libros, hecho millones de reflexiones, repasado gramáticas, manuales de redacción, consejos, se han hecho expertos en determinadas áreas del conocimiento-; herramientas que les permitirían acaso escribir sobre otros asuntos e intentar dejar un poco en paz a la sacrosanta literatura, al venerado arte. Sin embargo, no lo hacen porque ¿a qué le serían fieles entonces?

El novelista irlandés John Banville, autor de excelente prosa y exquisitos montajes narrativos (remito a su novela “El intocable” para quienes no lo conozcan), unos de esos autores que en algunos círculos se les llama escritor para escritores, desde hace algún tiempo publica bajo el seudónimo de Benjamin Black libros que entran en el subgénero que se ha dado en llamar novela negra. Pragmatismo anglosajón y carestía de mis amigos que escriben -escribimos- cada día con menos fe, intuyendo quizás que a estas alturas ya ha quedado claro que nunca llegaran a poner su nombre en ningún altar, dejando tras ellos librillos que no serán celebrados por los lectores ni ensalzados por ningún sector de la crítica. 

Si no quedara demasiado rimbombante y por tanto demasiado ridículo, sin pretender incitar a nadie -tampoco me harían caso si lo hiciera-, declararía aquí mi apostasía.

17 nov. 2011

Novelas, series y japos

En mayo de 1948, apenas tres años después de la victoria de los aliados en la II Guerra Mundial, fue publicada en Estados Unidos la novela “Los desnudos y los muertos”. El autor era un hombre de veintiséis años llamado Norman Mailer, quien gracias a este libro fue aupado a los altares de la narrativa mundial y a quien se le llegó a comparar con Hemingways y Tolstoys. 


Norman Mailer formó parte de las tropas que tomaron Japón después del lanzamiento de las bombas Little Boy y Fat Man desde  los plateados aviones B-29; sirvió en el Pacífico Sur y allí es donde sitúa a sus hombres: en la isla Anopopei.

Mailer relata las vivencias de un grupo de soldados, sus intimidades, penurias, alegrías, vergüenzas, banalidades, miserias, triunfos. Los héroes de Mailer en esta novela son realmente lo contrario a eso: el intelectual que roza el alter ego autoral, el casi sádico sargento, en campesino sureño; el minero anarquista de Montana, el irlandés católico de los barrios bajos de Boston, la sombra de ese general producto del integrismo de la América más profunda y que se revelará secreto admirador de la disciplina y las doctrinas nazi.

Ese trópico inhóspito, la selva cerrada, el espíritu del ejército japonés, el clima apabullante, las rencillas y peleas internas son algunos de los enemigos con los que tendrá que lidiar el pelotón. Eso además de, y principalmente, la muerte que todo lo circunda y lo enturbia.

La novela me ha venido a la memoria mientras miraba casi obsesivamente los 10 capítulos de la serie de HBO The Pacific. Imagino que las vivencias de todos quienes vivieron similares circunstancias sean, en consecuencia, afines y al menos dos de las personas en las que están basados los personajes de la serie dejaron libros de memoria sobre esa época de su vida (With the Old Breed de Eugene Sledge y Helmet for My Pillow de Robert Leckie). No obstante, es sencillo encontrar una similitud aplastante entre ambas obras, fundamentalmente entre la primera mitad de la novela y los primeros capítulos de la serie. Nada de esto  impide que la narrativa televisiva sea una muestra inquietante de los sentimientos y la capacidad de maldad de la que somos capaces, y del sentimentalismo, y de la bondad, y del miedo, y de un largo etcétera.

Son muchos quienes creen que el mejor cine de Estados Unidos se está produciendo desde las cadenas de televisión, tanto en sus series como en las TV Movies. No lo sé. Sin embargo, doy fe de que un televidente profundamente decepcionado como yo ha vuelto a hallar cierto apego al medio a través de algunas de las series que pululan en DVD's, descargas y enlaces a Megavideo. "El ala oeste de la Casa Blanca", The Wire ("Bajo escucha"), "Los Soprano", Six feet under ("A dos metros bajo tierra"), entre otras, son muestra de la capacidad creativa de los equipos de producción: capacidad, talento y trabajo.  También lo es The Pacific y su hermana "Hermanos de sangre" (Band of Brothers). Las dos últimas están producidas por Steven Spielberg  y Tom Hanks. El equipo de realización repite casi en su totalidad.

Es por lo menos curioso que con 62 años de diferencia desde la publicación de la novela y el estreno de la serie en 2010, los puntos de vista sean tan similares dentro del mismo limbo de desencanto y razonable crítica a las sociedades modernas.

10 nov. 2011

Diana Krall y el fetichismo

Las 05:45 de la mañana es una hora poco productiva. Si uno no ha dormido es el momento preciso de ir a la cama; si se acaba de despertar, anda somnoliento aún, poniéndose al día con los vicios y el acontecer de las últimas noticias. A esa hora, sin embargo, este lunes, no hacía ni una cosa ni la otra: miraba este video de Diana Krall en el Festival de jazz de Montreal del año 2004 cantando Temptation, un tema de Tom Waits:



Temptation, I can't resist, canta la rubia canadiense y se deja llevar, se entrega al compás del contrabajo, la guitarra y la batería que acompañan con suavidad y apocamiento, sabiendo quizás que están allí para servir, ser testigos, fondo, ambiente de lo que está por suceder. Diana Krall golpea el piano y unos segundos antes de que la producción se vaya a la guitarra, mueve una mano dentro del piano, busca la hendidura, la cuerda, el punto, la sensación, el sonido; ese placer. Se afana alli, lleva el pelo sobre la cara y poco a poco su cuerpo va adoptando esa posición como encorvada de quien está experimentado algo que le rebasa, le gana, no puede reprimir. El instrumento ya no emite notas sino quejidos, gemidos; y ahora su cara apenas logra ocultar que está llegando, lo está consiguiendo; el público del teatro se da cuenta, termina sabiéndolo todo y acompaña la explosión.
Diana les agradece, y su frase es como esa primera palabra que se alcanza a decir después del orgasmo.


Temptation

Rusted brandy in a diamond glass
everything is made from dreams,
time is made from honey slow and sweet
only the fools know what it means
temptation, temptation, temptation,
I can't resist.
I know that he is made of smoke
but I've lost my way
he knows that I am broke
but I must play
temptation, temptation, temptation,
I can resist.
Dutch pink and Italian blue
he is there waiting for you
my will has disappeared
now confusion's oh so clear
temptation, temptation, temptation,
I can't resist.

3 nov. 2011

Citius, altius, fortius

Me empecé a interesar por el deporte a la misma edad que dejé de leer ciencia ficción. Por aquellas fechas tenía dos grandes mejores amigos: el físicamente mermado hasta la lástima que poseía una extensa colección numismática y la “Cosmonáutica. A-Z. Enciclopedia Soviética”; y el ex jugador de hockey sobre ruedas, prospecto de ciclista concienzudo, modelo atlético de las compañeras preadolescentes y guardián infranqueable de la falta de sentido del humor.
Teníamos trece años; decidí dejar de leer aquellos libros que nos hacía parecer lo que en realidad éramos -eso que actualmente llaman friqui- e intenté mis primeros acercamientos al deporte en un colchón de serrín donde algunos compañeros se entrenaban dos horas diarias sin ningún propósito aparte de saber cómo hacer una técnica de inmovilización para utilizar en el momento que alguien los importunara en demasía. Fui receptor del equipo de béisbol del instituto, lateral derecho del equipo de fútbol de la facultad y miembro del equipo de judo universitario. Y como siempre le sucede a quienes no llevan el asunto en la sangre, tienen tendencia a la obesidad, al alcoholismo o a la pereza, terminé mi carrera deportiva viendo las Olimpiadas por la televisión y quedando algún que otro domingo –cada vez más espaciados- para disputar un partido de algún deporte de equipo tranquilo y sin exigencias.

Me gusta el deporte, así, en general y sin exaltación. Sin embargo, comprendo a quienes no lo soportan, a quienes creen que es un sinsentido, una tomadura de pelo, un insulto a la inteligencia. El deporte, los deportes, son eso y mucho más. Valga el argumento repetido hasta la saciedad: ¿cómo puede resultar interesante un juego, por ejemplo, donde 22 personas adultas se organizan con cierta coherencia y destreza para pasar la pelota por un “arco” rectangular? O: ¿cómo se le pueden pagar  90 millones de dólares a Tiger Woods, 61 a Roger Federer o 60 a Floyd Mayweather Jr. por jugar, o sea, por llevar a cabo la representación de otra cosa, otra cosa más bien imprecisa, oculta y hasta, quizás, indecorosa?

Las sociedades se han encargado de sobrevalorar el deporte, sacarlo de lo que debería encarnar, convertirlo en otro asunto que es en lo que se suelen convertir estas cuestiones cuando en cada hoyo, set o knockout  están en juegos muchos más intereses y millones de dólares de los que se puedan contar en una tarde.

En las Olimpiadas de Atlanta de 1996 un boxeador de Tonga nombrado Paea Wolfgramm consiguió la medalla de plata en la categoría de superpesados; el rey del país, en agradecimiento, le regaló una de las 169 islas que le pertenecen por encumbrar el nombre de su tierra. Los gobiernos totalitarios echan mano a los éxitos deportivos para enardecer el espíritu patriótico y nacionalista de los pueblos; recuérdense los juegos olímpicos de la Alemania Nazi, el mundial de fútbol de Argentina de 1978 o los triunfos de la Unión Soviética, Alemania Oriental o Cuba, cuyos gobernantes se encargaron siempre de equiparar a los éxitos del socialismo.

La sobrevaloración de los deportes conlleva a la de los deportistas, a su encumbramiento en figuras públicas, a que sean citados como ejemplos para los niños y en general para la sociedad. Un buen deportista es un ídolo, una marca, un símbolo, un semidiós. Y todo ello induce a que represente para ellos una gozosa carga y la exigencia de seguir siendo todas esas cosas; y un puntito más a su hazaña, una milésima de segundo menos a su record. Por eso, cuando no pueden o cuando se dan cuentan de que todo terminará en breve, echan manos a las trampas, los artificios y entre ellos el más recurrido: dopaje

El dopaje ayuda a hacer realidad el lema de olimpismo “más rápido, más alto, más fuerte”. Cada vez más rápido, cada vez más alto, cada vez más fuerte. La mera pretensión de no encontrar jamás una barrera biológica o física que ponga freno al motto de Pierre de Coubertin es una justificación ambigua para los Ben Johnson, los Justin Gatlin, los José Canseco o las Marta Domínguez.