29 dic. 2011

Sobre la tortura

La operación que propició la muerte de Osama Bin Laden ha dado, como es lógico además, mucho de qué hablar. Se ciernen sobre el hecho ciertas brumas que queremos –o no- pasar por alto. La visión general del asunto viene a ser algo así como que el fin justifica los medios, lema aplaudido a veces, rechazado otras, por las mismas voces.

Se juzgan con condescendencia las declaraciones del director de la CIA, Leon Panetta, donde se admitía que la inteligencia estadounidense utilizó información obtenida bajo tortura para encontrar la pista que les llevaría hasta Bin Laden. No sé si hay muchos gobiernos democráticos -más, no sé si hay muchos gobiernos- que hayan admitido algo así. Panetta ha dado un ejemplo de franqueza. La cuestión radica, sin embargo, en la confirmación de esta y, por tanto, todas las sospechas.

A la pregunta de si aprobamos la tortura en este caso particular, aplicada a un terrorista que ha facilitado la información necesaria para encausar el trabajo de espionaje que acabaría con el equipo seis de los Seal irrumpiendo en la casa de Abbottabad, muchos de nosotros contestamos sí. No obstante, las mismas personas, al menos muchas de ellas, contestarían negativamente  a la pregunta de si aprobarían el uso de la tortura, a secas.

Detalle de una obra del artista colombiano Fernando Botero

Porque la tortura nos hace pensar en dictaduras, en esa América Latina devastada por gobiernos militares durante décadas, en África y sus sátrapas de diamantes y niños guerreros, en lo peor de la condición humana donde un hombre, un tipo cualquiera, un tipo que parece normal, es capaz de infligir todo el daño posible a otro hombre con el único motivo de que confiese, informe, declare, delate. El torturador, excluidos aquellos que encuentran en la tortura el alivio a sus patologías, se blinda con una razón poderosa: este tipo es un hijo de puta y en mis manos está lograr que me diga lo que sabe, mi maldad es circunstancial porque sirviéndome de ella puedo salvar a mi grupo, a mis iguales, a mi país, mi concepto de justicia.  Y así se nos llega a ablandar el corazón cuando nos enteramos que la muerte de Bin Laden es en parte resultado de haber torturado a quien o quienes dieron la valiosa información. Pensamos como el torturador y hacemos nuestra su razón. De paso, con esa magistral habilidad nuestra, obviamos la información y el razonamiento poco conveniente. No hacemos una parada para ocuparnos de los otros, de a quienes torturaron también y no dijeron nada, de los que no sabían nada y sobre quienes, presumiblemente, cayó la tortura más extrema por eso de apretar más el nudo, apretar justo hasta ese momento cuando el miedo tumba cualquier defensa y se llega a la rendición total. Los que no sabían nada, ellos, son la vergüenza mayor de la tortura.

Detrás de todo esto hay una proposición ingenua. Se supone que los países democráticos no hacen esto, se supone que respetamos los derechos humanos, se supone que en gran medida es lo que nos diferencia de la barbarie. No es lo mismo imaginar que una cosa sucede a poder  comprobarlo, pues siempre nos guardamos la esperanza de que las sospechas sean infundadas, de que quienes cacarean y protestan contra esto o lo otro son una banda de ignorantes, de oportunistas o de embaucados en ese maremágnum que suelen ser las ideologías.

Mantener a la sociedad occidental en esos principios es lo que la salva, renunciar a ellos no es una opción circunstancial sino definitiva, algo a lo que tendremos que atenernos.

15 dic. 2011

Underwood

Hace un par de días me encontré la noticia de que la empresa india Godrej and Boyce, la única en el mundo que las seguía produciendo, cerraba la producción de máquinas de escribir mecánicas. Este tipo de noticias, precisas o no, hace que nos pongamos un poquito melancólicos, estado natural de la madurez, por demás. El ícono del escritor o el periodista (y podríamos añadir otra decena de profesiones, menos icónicas) sentado frente a la máquina de escribir ha pasado de moda, ya no es referencia, más bien antigualla, hazmerreir de varias generaciones que podrían llegar a preguntarse cómo era posible que alguien usara ese trasto para escribir, que la pantalla táctil no hubiera existido siempre.

Y, cómo no, recordé entonces mi vieja máquina de escribir, mi Underwood de hierro fundido que cargué una tarde hasta mi casa para tormento de mis vecinos y mofa de mi padre cuando escuchaba el patético resultado de mis primeros intentos mecanográficos: gallina cansada picando maíz sobre una plancha de cinc. Tac… tac… tac…

Las de mi máquina eras unas teclas imposibles, no aflojaban por mucho aceite que les pusieras o por mucho que la llevaras al “taller de enseres domésticos” donde un señor se hacía cargo de reparar ventiladores, lavadores, cafeteras, batidoras y hasta, si no había más remedio, máquinas de escribir. La tecla disparaba la varilla metálica con una letra grabada en relieve, se levantaba con cierta furia, con cierta ira quizás, y descarga el golpe seco sobre la cinta de tinta, sobre el papel. Huella postrera, se podía llegar a pensar, porque dolía mucho enmendar lo escrito, demasiado incordio, y hasta los errores tenían aquel encanto que se solía asociar a ciertos procesos creativos.

Recordé también a un instructor de talleres literarios –que amaneció muerto en un parque de la ciudad cierta mañana, empapado de alcohol, represiones y amarguras masculladas- quien cierta vez dijo que los textos a ordenador daban la falsa impresión de ser mejores que los escritos a máquina. Y eso teniendo en cuenta que por entonces se usaban el WordPerfect y la impresora de cinta.

Y recordé las máquinas de escribir como instrumento de la burocracia. Aquellas mastodónticas máquinas soviéticas –nótese como a muchos de los productos soviéticos con los que convivimos en Cuba en los ochenta se le podría aplicar el adjetivo- con las que uno tropezaba en las oficinas cubanas, una por mesa, indefectiblemente –muchas, imagino, deben seguir allí- y que junto al cuño o sello institucional tenían la facultad de abrir o cerrar todas las puertas.

A pesar y gracias a todo ello, uno guarda cierto cariño –aquel más cercano a la lástima- por la máquina de escribir. Durante algún tiempo guardé en un armario una de ellas sin otro uso que saber que estaba allí. Un amigo, comentando el asunto ayer, me confesó que tiene planeado comprarse una, y no fue capaz de precisarme con qué propósito.

Como de tantas otras cosas, no sé qué habrá sido de mi Underwood de hierro fundido, ni siquiera he logrado precisar si cuando hui de Cuba seguía estando en su sitio, sobre el taburete alto robado de un aula de dibujo de la universidad.

8 dic. 2011

Boberías y una canción

Boberías
Hoy es un buen día para ponerse uno bobalicón, aprovechar que la gente anda entretenida en otras cosas y escribir sobre cuestiones cursis. Debe ser por la resaca, la post resaca más bien, algo que queda después de la resaca física, y que tiene que ver más con denostar la común existencia, y otros asuntos.

Esta entrada debería tratar de la amistad, de los amigos de verdad, de acortar las distancias; debería intentar explicar cómo se forjan y fortalecen algunas relaciones en ciertas ocasiones; explicar, basándose en algunos datos extraídos del Instituto Nacional de Estadísticas, como afecta en la sociabilidad de las personas su cercanía a los lugares donde pasó su infancia, juventud, etcétera. O, en su defecto, debería hablar de carcajadas, de unas cervezas, otras cervezas, otras; y de un día siguiente con secuencias similares, sólo que mejoradas por la experiencia.

Sin embargo, mis menguadas neuronas ahora sólo me alcanzan para esto: comentar ese momento cuando un amigo se da cuenta de que uno está jodido, le pone la mano en el hombro, hace ese gesto como si asintiera -más bien como si amagara con asentir y se arrepintiera con vehemencia- y le dice “aprieta el culo y dale a los pedales”, frase que quiere decir muchas cosas -o pocas, pero verdaderamente fundamentales en tal caso.

Una canción

1 dic. 2011

Ian McEwan: Novela y libertad

Tomado de Letras Libres 

Figura protagónica indiscutible de la literatura inglesa reciente, Ian McEwan aprovechó la recepción del prestigioso Premio Jerusalén para hilvanar algunas reflexiones en torno al trabajo del novelista, la democracia, la libertad individual y los matices éticos del conflicto entre Israel y Palestina.
Alcalde de Jerusalén, distinguidos miembros del jurado, israelíes y palestinos y ciudadanos de esta hermosa ciudad, visitantes de la Feria Internacional del Libro y Zev Birger, superviviente de Dachau, dinamo humano, amigo de la literatura y del impulso que hay tras esta feria, me emociona profundamente recibir este honor, el prestigioso Premio Jerusalén que reconoce la escritura que promueve la idea “de la libertad del individuo en sociedad”.

En último término, la calidad de un premio se juzga por la totalidad de sus galardonados. La “lista” de este premio no tiene rival en todo el mundo. Muchos de los escritores que ustedes han distinguido forman parte desde hace mucho de mi propio mobiliario mental, han dado forma a mi concepción de la libertad y de lo que la imaginación puede alcanzar. No puedo creer por un segundo que yo sea digno de estar junto a figuras como Isaiah Berlin, Jorge Luis Borges o Simone de Beauvoir. Me siento algo abrumado por que ustedes crean que lo soy.

Desde que acepté la invitación a Jerusalén, mis días no han sido pacíficos. Muchos grupos e individuos, en términos distintos y con diferentes grados de educación, me han instado a que no aceptara este premio. Una organización escribió a un periódico nacional diciendo que, al margen de lo que yo pensara sobre la literatura, su nobleza y su alcance, no podía rehuir los aspectos políticos de mi decisión. A regañadientes, con tristeza, debo admitir que es así. Vengo de un país relativamente estable. Podemos tener gente sin casa, pero tenemos una patria. Como mínimo, el futuro de Gran Bretaña no está en cuestión, a menos que se fragmente a través de una devolución pacífica y democráticamente aceptada. No nos amenazan vecinos hostiles, ni nos han desplazado. Los novelistas de mi país tienen el lujo de escribir sobre política tanto, o tan poco, como deseen. Aquí, para los novelistas israelíes y palestinos, el “problema”, ha matsav, siempre está ahí, presionando, como un deber, una carga o una obsesión fructífera. Afrontarlo es una lucha creativa, y es una lucha creativa no hacerlo. Como principio general, diría que algo va profundamente mal cuando la política penetra en cada rincón de la existencia. Y nadie puede pretender que todo marcha bien cuando la libertad del individuo, es decir, de todos los individuos, encaja tan incómodamente con la situación actual en Jerusalén.

Cuando decidí venir, pedí consejo a un escritor israelí, un hombre por el que siento una gran admiración. Me tranquilizó mucho. Su observación inicial fue: La próxima vez intenta que te den tu premio literario en Dinamarca. Algunos de los anteriores galardonados han expuesto sus ideas en una reunión como esta y han molestado a la gente. Pero todo el mundo conoce este hecho sencillo: cuando creas un premio para filósofos y escritores, has abrazado la libertad de pensamiento y el discurso abierto, y considero la existencia continuada del Premio Jerusalén un tributo a la valiosa tradición de una democracia de ideas en Jerusalén.
Me gustaría compartir algunas ideas sobre la forma de la novela y el concepto de la libertad individual, que ustedes han elegido como tema de este premio.

La tradición de la novela en la que trabajo tiene sus raíces en las energías laicas de la Ilustración europea, durante la cual la condición privada y social del individuo comenzó a recibir la atención sostenida de los filósofos. Emergió una clase creciente y relativamente privilegiada de lectores que tenían tiempo de reflexionar no solo sobre la sociedad sino también sobre sus relaciones íntimas, y que descubrieron que las novelas reflejaban y extendían sus preocupaciones. En la obra de Swift y Defoe se examinaba moralmente a los individuos, y sus sociedades se satirizaban o juzgaban a través de viajes fantásticos o basados en historias reales; en Richardson quizá tengamos el primer relato sostenido y minucioso de la conciencia individual; Fielding otorgaba a los individuos visiones panópticas de una sociedad en el espíritu de una comedia benigna e inclusiva; finalmente, la joya de la corona: en Jane Austen el destino de los individuos se relataba a través de una nueva forma de narración, transmitida a las siguientes generaciones de novelistas: el estilo indirecto libre, una técnica que permitía que una tercera persona objetiva se mezclara con un tono subjetivo, y que dejaba al personaje –el individuo de la novela– más espacio para crecer. En los siglos xix y xx, la obra de maestros como Charles Dickens, George Eliot, James Joyce y Virginia Woolf refinó la ilusión literaria del personaje y la representación de la conciencia, y el resultado es que la novela se ha convertido en nuestro mejor y más sensible medio para explorar la libertad del individuo. Y a menudo esas exploraciones muestran lo que ocurre cuando nos niegan esa libertad.

Esta tradición de la novela es fundamentalmente laica: coincidencia o maquinaciones humanas, no Dios, órdenes ni destinos. Es una forma plural, clemente, profundamente curiosa por las mentes de los demás, por lo que significa ser otra persona. En sus personajes centrales, altos o bajos, ricos o desdichados, logra, a través de una especie de atención y enfoque autoriales divinos, transmitir un respeto por el individuo.

La tradición inglesa es solo una entre muchas, pero está íntimamente conectada con todas las demás. Hablamos de una tradición judía de la novela, una tradición vasta y compleja, pero unida por temas comunes: una actitud ocasionalmente irónica hacia un dios; la aceptación de una comedia metafísica subyacente y sobre todo, en un mundo de sufrimiento y opresión, una profunda compasión por el individuo como víctima; finalmente, la determinación de garantizar a los oprimidos el respeto que la ficción puede conferir cuando ilumina la vida interior. Encontramos esos elementos en las alegorías existenciales de En la colonia penal y El proceso de Kafka; en la tristeza y la belleza de Bruno Schulz; en las obras con las que Primo Levi mostró una voz individual en medio de la pesadilla de la Shoah, esa crueldad industrializada que siempre será la medida definitiva de la depravación humana, de lo bajo que podemos caer; en la ficción de Isaac Bashevis Singer, que confirió dignidad a las precarias vidas de los inmigrantes; en distintos términos, encontramos un tema paralelo en Saul Bellow, cuyos angustiados héroes intelectuales luchan en vano por prosperar en una cultura ruidosa y materialista. Siempre, la víctima, el extranjero, el enemigo y el marginado, el rostro en la multitud, se convierte en un ser completamente desarrollado gracias al polvo mágico de la ficción, una materia cuya receta es un secreto a voces: plena atención al detalle, la empatía, el respeto.

La cultura literaria de Israel defiende vigorosamente esta tradición, y lo hace desde la fundación del Estado. Para mí ha sido un descubrimiento reciente Hirbet Hiza, de S. Yizhar, publicado en 1949: es el luminoso relato del desalojo de los habitantes de un pueblo árabe durante la guerra de 1948, y de una protesta que nunca abandona la garganta del narrador, mientras las casas son demolidas y los pobladores expulsados de su tierra. Es un tributo a una sociedad abierta que esta novella fuera lectura obligatoria en las escuelas israelíes. Hirbet Hiza conserva su dolorosa relevancia, y el cuestionamiento moral continúa.

Hay muchos escritores que podría mencionar, pero permítanme que distinga tres figuras importantes que han ganado el respeto y el amor de los lectores de todo el mundo: Amos Oz, Abraham Yehoshúa y David Grossman. Escritores muy diferentes, con posiciones políticas que se solapan pero distan de ser idénticas; escritores que aman su país, que han hecho sacrificios por él y que se han preocupado por las direcciones que ha tomado. Su obra nunca carece de ese polvo mágico del respeto; nunca deja de otorgar la libertad individual al árabe y al judío. A lo largo de sus prolongadas carreras se han opuesto a los asentamientos. Ellos y la comunidad literaria más joven de Israel son la conciencia, la memoria y sobre todo la esperanza del país. Pero creo que puedo decir que, en los últimos años, estos tres escritores han sentido que los tiempos se volvían contra sus esperanzas.

Me gustaría decir unas palabras sobre el nihilismo. Hamás, cuyos estatutos incorporan la tóxica falsificación de los Protocolos de los Sabios de Sión, ha abrazado el nihilismo del terrorista suicida, de los cohetes disparados ciegamente contra las ciudades, y ha abrazado también el nihilismo de una política que busca la extinción de Israel. Pero (por dar un ejemplo) también fue el nihilismo el que disparó un cohete contra el indefenso hogar gazatí del médico palestino Izzeldin Abuelaish en 2009 y mató a sus tres hijas y a su sobrina. El nihilismo hace que la franja de Gaza sea un campo de prisioneros de larga duración. El nihilismo ha desatado el tsunami de hormigón en los territorios ocupados. Cuando los ilustres jueces de este premio me elogian por “mi amor y preocupación por la gente y por su derecho a realizarse”, parecen exigir que mencione –y debo complacerles– las expulsiones y demoliciones continuadas, y las incesantes compras de hogares palestinos en Jerusalén Oriental, o que el derecho al retorno se conceda a los judíos pero no a los árabes. Esos llamados “hechos sobre el terreno” son un hormigón que cae sobre el futuro, sobre futuras generaciones de niños palestinos e israelíes que heredarán el conflicto: la situación les resultará aún más difícil de resolver de lo que ya es ahora y les será más difícil afirmar su derecho a realizarse.

Al humilde ateo le parece bastante sencillo: cuando las partes enfrentadas en una disputa política obtienen su inspiración primaria de sus dioses respectivos y partidistas, la solución pacífica se aleja. Pero en realidad no me interesan los argumentos basados en la equivalencia. En el aire hay una justicia grandiosa y evidente: hay gente que ha sido y es desplazada. Por otro lado, una democracia valiosa se ve amenazada por vecinos desagradables, y la amenaza llega al extremo de la extinción a manos de un Estado que pronto podría tener una bomba atómica. La pregunta urgente es la de Lenin: ¿qué hacer? Y, cuando planteamos esa pregunta, también preguntamos: ¿quién va a hacerlo? ¿Quién tiene el poder de actuar? Los palestinos están divididos, sus instituciones son débiles o no existen, se ha demostrado que el yihadismo violento es contraproducente. Han tenido mala suerte con sus líderes. Y, sin embargo, muchos palestinos están listos para una solución, el espíritu está allí.

¿E Israel? Lo crean o no, existe una aritmética para medir la energía creativa de una nación. Miren las ediciones que hay en esta feria del libro, la cantidad de libros traducidos del hebreo y al hebreo, el número de patentes de éxito (asombroso para un país pequeño) o la cantidad de estudios universitarios citados, las innovaciones en tecnologías de energía solar, los conciertos del Jerusalem Quartet que agotan sus entradas en todo el mundo. El índice de energía creativa es alto y también lo es la capacidad. Pero ¿dónde está la creatividad política israelí? ¿En qué pueden competir constructivamente los políticos nacionales con los artistas y científicos de Israel? ¿En la hormigonera? ¿En la orden de expulsión? Todos hemos leído los documentos filtrados a Al Yazira. ¿Los políticos israelíes hicieron lo mejor que podían hacer, cuando sucumbieron a lo que David Grossman ha llamado “la tentación de la fuerza” y apartaron despreocupadamente las extraordinarias concesiones de la Autoridad Palestina?

En este contexto, lo contrario del nihilismo es la creatividad. El ánimo de cambio, el hambre de libertad individual que se extiende por Oriente Medio, es más una oportunidad que una amenaza. Cuando los egipcios decidan en masa reformar su sociedad, pensar de forma constructiva y tomar la responsabilidad de su nación en sus propias manos, estarán menos inclinados a culpar a los extranjeros de sus desdichas. Ese es precisamente el momento de comenzar de nuevo el proceso de paz. La nueva situación exige un pensamiento político atrevido y creativo, no una retirada a la acidez de la mentalidad del búnker.

Tras su reciente visita, la alta comisionada para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas señala que el lanzamiento de cohetes a Israel desde Gaza constituye un crimen de guerra. También señala que la anexión de Jerusalén Oriental viola la legalidad internacional y que Jerusalén Oriental se vacía de sus habitantes palestinos. Hay algunos parecidos entre una novela y una ciudad. Una novela, por supuesto, no es solo un libro, un objeto físico de páginas y cubiertas, sino un espacio mental particular, un lugar de exploración, de investigación de la naturaleza humana. Del mismo modo, una ciudad no es solo una aglomeración de edificios y calles. También es un espacio mental, un lugar de sueños y desacuerdos. En las dos, la gente, los individuos imaginarios o reales, luchan por su “derecho a realizarse”. Permítanme que lo repita: como forma literaria, la novela nació de la curiosidad y el respeto por el individuo. Sus tradiciones la impulsan hacia el pluralismo, la apertura, un deseo compasivo de habitar la mente de los demás. No hay hombre, mujer o niño, israelí o palestino, o de cualquier otro origen, cuya mente la novela no pueda reconstruir con afecto. La novela es instintivamente democrática. Acepto agradecido este premio con la esperanza de que las autoridades de Jerusalén –que deseo que un día sea una capital doble– miren el futuro de sus hijos y los conflictos que podrían sepultarlo, terminen con los asentamientos y las usurpaciones, y aspiren creativamente a la condición abierta, respetuosa y plural de la novela, la forma literaria que honran esta noche.

Traducción de Daniel Gascón