29 mar. 2012

Arthur

Tobias Wolff (a mí no me hagan caso, yo no sé nada de esto, pero éste es de los buenos): "Arthur era un gran narrador. Contaba ensoñaciones en las que cada palabra vibraba con el sonido de la verdad."

Pensaba: escasos los Arthur.


22 mar. 2012

Vigas y tronquitos

1.- En 1955, The New Yorker publicó un relato de Salinger titulado “Levantad, carpinteros, la viga del techo” (Raise High the Roof Beam, Carpenters) –añado el título en inglés para que se compruebe que en ambos idiomas se tiene la misma sensación de cansancio, de carrera que nunca termina, de maratón infinito, mientras se está leyendo. El cuento va, cómo no, de los miembros de la familia Glass, especificamente de Buddy que aparece logrando un permiso del hospital militar donde está internado para asistir a la boda de su hermano Seymour. Al llegar a la iglesia el día de la boda, no encuentra a ningún otro miembro de su familia, ni siquiera a su hermano que parece haber decidido dejar plantada a la novia. Buddy, sin presentarse como hermano de Seymour, sube a uno de los coches en los que los invitados abandonan la iglesia y entabla conversación con los ocupantes del coche quienes se ocupan criticando despiadadamente al novio, insinuando que está loco, etc., etc.. Aparte del título, nada de esto viene a cuento.

2.- En un gag del circo soviético que repetían cada cierto tiempo en la televisión cubana de los ochenta, se representaba a tres payasos. Uno de ellos les pedía a otros dos que levantaran un tronco inmenso y, si accedíamos al pacto cándido y nos entregábamos a la verosimilitud de la escena, extremadamente pesado. El primer payaso, además, actuaba como si la tarea fuera absolutamente menor, insignificante: levanten el tronquito, levanten el tronquito.

3.- ¿A qué viene todo esto?, se preguntará alguno. Difícil de decir. Pero si ha llegado usted hasta aquí se merece que aventure una tesis. Es, digamos, justo.

Así que: escritores y payasos se sienten cómodos en el modo imperativo: llamar al fervor, conminar al sacrificio, a la heroicidad, la acción, la acción, la acción; sin embargo les cuesta un poco más hacerlo, llevarlo a cabo, sólo hacerlo –just do it, dice el eslogan publicitario, también imperativo-, incapaces de las veces las más de ser consecuente con la repetición simple: la acción, la acción, la acción.

4.- Este post, por cierto, iba de política.

15 mar. 2012

Una de España: asfixia y pataleo


Me escuece –como diría un rebuscado; he ahí una palabra siempre sospechosa-: escucho a pundits –anglicismo que me permito por la ineficacía de "tertuliano" o similares que rezuman desdenes próximos a la prensa del corazón (y es evidente que no me refiero a literatura científica, cardiólogos, por ejemplo, quedan excluidos de esta definición)- analizar a sectores reinvindicativos de la sociedad que responden con amenaza de manifestaciones o huelgas a los recortes presupuestarios presentes y por venir. 

Es singular que algunos de ellos y de manera reiterativa utilicen un visión singular del asunto, insinuar, por ejemplo, que médicos y maestros hacen mal –o no hacen bien- porque: hasta ahora han sido sectores que no han sufrido la crisis, no deberían quejarse tanto cuando en España hay cerca de 5 millones de personas en paro, etc., etc., ya saben a qué me refiero.

El argumento quizás se pueda resumir de la manera siguiente: ya que no se pueden mejorar las condiciones laborales (ergo nivel de vida) de quienes están mal, empeoremos las de quienes están mejor. Y aplaudamos, además.

Se supone que hay cuestiones inaplazables, cosas que se deben hacer. Es como tomar una medicina amarga: sabemos que tenemos que tragarla, pero no se nos puede pedir que celebremos lo sabrosa que está, no se nos puede recriminar por exijir al médico que nos cambie el jarabe por otro con sabor a naranja.

Sé que estamos ahogados, asfixiados, ahorcados.

Al menos respeten ese derecho fundametalísimo: el derecho al pataleo. 

8 mar. 2012

Un muro y noventa millas

-¿Qué fue eso?

-¿Qué?

-Eso que escribiste el martes pasado, no sé qué del Muro de Berlín, un montón de boberías del museo ese.

-¿No te gustó?

-Me va a gustar... Reverenda mierda, lagrimitas y eso. Ya me imagino la cara de lástima que tenías mientras escribías. Chico, reverenda mierda...

-Vaya, no te gustó.

-Me va a gustar... Haciéndole caso a los museos y esas boberías. Un día de estos escribe algo del museo ese de los balseros que está en Miami. Si puedes dar una cifra aproximada de los muertos en el Estrecho de la Florida te darán un premio, o algo.

-Bueno, si un día voy por ahí, ya veré...

-Murito de Berlín, murito de Berlín. Tú te imaginas la alegría que le darían a los cubanos si les cambian el pedazo de mar que hay entre esa mierda de isla (archipiélago o lo que sea) y cualquier otro sitio más o menos normal por un murito de mierda...
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1 mar. 2012

Checkpoint Charlie

En Berlín, en Friedrichstraße 43-45, está el Museo del Muro del Checkpoint Charlie. Allí se recuerdan las circunstancias, hechos y consideraciones de los cientocincuenta kilómetros que separaron a los alemanes desde 1961 hasta 1989 y que separaron a los bandos durante la Guerra Fría -período de la historia con mucho de lo primero y poco de lo segundo.


(Todo -casi- lo dicho en el párrafo anterior es falso -relativamente. El Muro de Berlín -43,1 kilómetros-, no dividía a los alemanes, sino a los berlineses; o, acaso, aislaba a los berlineses occidentales y los convertía en una isla rodeada de territorio hostil, oasis, según se viera. El lado soviético de Alemania estaba delimitado por otra frontera -111,9 kilómetros- apenas mencionada y esta sí la verdadera separación -quedando el Muro con su cognotación simbólica, esto es, símbolo visual y por tanto duradero, una imagen vale más que mil palabras, dicen, una imagen vale más que cuatro o cinco páginas de un libro, en cualquier caso y por tanto.)

Si algo han tenido en común los sistemas sociales que se han dado a llamar socialistas es esa sensación general de que son sitios de los que se ha de escapar. Los berlineses del este huyeron sin parar al otro lado, tanto mientras hubo terreno franco como cuando pusieron la barrera física para impedirlo. Cuentan que alrededor de 200 personas -las cifras varían, no situamos en su justo medio- perdieron la vida o se las arrebataron en el intento de sortear la barrera infinita que, como la cruz del calvario u otras reliquias religiosas, ha logrado trascender la medición ordinaria situando un trozo de ese muro en cada ciudad que se precie de serlo como una representación de significado impreciso.

El Muro de Berlín se intentó burlar de todas las maneras posibles, por encima, por debajo o rodeándolo. En el Museo del Muro del Checkpoint Charlie se guardan o recuerdan algunas muestras de la imagineria popular: automóviles con huecos en el motor para ocultar una persona; mini-submarino de fabricación casera (en septiembre de 1968 Bernd Böttger escapó en uno que más tarde fue patentado y fabricado en serie); dentro de un altoparlante de 50 x 60 centímetros (Renate Hagen, fugada en 1977 junto con su futuro marido, el cantante Theodorus Kerk); un globo aerostático también de fabricación casera y utilizado por ocho personas (después de un vuelo de 28 minutos, el globo aterrizó sin problemas, casi por azar, del lado oeste); un túnel (apenas muestra de los intentos de otros muchos) cavado durante diez meses por estudiantes desde una panadería abandonada de la calle Bernauer, 145 metros de largo a través de los que escaparon 57 personas dos noches de octubre 1964; o la burda, desesperada y suicida escalada. 


El pasado 15 de agosto se recordó el 50 aniversario del comienzo de la construcción del muro. La APOSI, organización no gubernamental con la que no colaboro, apenas conozco ni recuerdo su motivo social me habría invitado, junto a otros 26 refugiados, a visitar las salas del Museo del Muro del Checkpoint Charlie, escuchar todo lo que tenía que contarnos la guía -en el guión habría un aparte considerable dedicado a la biografía de Rainer Hildebrandt, fundador y director del museo hasta su muerte en 2004-, observar con sofisticación imagenes prescindibles para la armonía propia: muertos, heridos, alambradas, soldados con el fusil al hombro, señoras tironeadas por representantes de los bandos, soldados saltando sobre una alambrada como señorita que sortea una boñiga. Al final del recorrido nos habrían invitado a ver Night Crossing, aquella película de 1982 con John Hurt, Jane Alexander y Beau Bridges.

Se recuerda con insistencia los sucesos de la caída -definitivamente, no hubo derribo, quienes ostetaban el poder decidieron que era un buen momento para que actuaran las fuerzas naturales-, los cantos a la libertad, noches frenéticas tantas veces narradas, trozos del muro adornando las plazas de medio mundo. Yo, que no guardo ninguna memoria del asunto porque por entonces en Cuba debieron creer que aquellas imagenes no eran un buen ejemplo, desde el pasado 15 de agosto me sorprende una singular recurrencia cuando leo o escucho palabras como muro, como Berlín. Es una recurrencia en forma de dos nombres. Uno es Peter Fechter -a quien algunas fuentes consideran la primera víctima del muro -personificación como recurso semántico que en este caso enmascara a Rolf Friedrich y Erich Schreiber, los soldados que le dispararon y que fueron enjuiciados en 1997-, Fechter fue alcanzado en la pelvis, a la vista de cientos de testigos, a pesar de gritos y pedidos no recibió ayuda médica de ninguna de las partes y murió desangrado una hora después. El otro es Chris Gueffroy, el joven de 20 años a quien le dispararon cuando intentaba cruzar, el 6 de febrero de 1989. En octubre de ese mismo año renunciaría Erich Honecker y en noviembre Schabowski informaría que los ciudadanos de la RDA podrían ir al Oeste sin pasaporte ni visado, sólo mostrando el carné de identidad o un documento parecido; y contestó de inmediato, cuando le preguntaron cuando entraba en vigor.