26 abr. 2012

Rendir cuenta a los espejos

En 1943, a raíz de que renunciara de su empleo en el Servicio Oriental de la BBC y comenzara a trabajar como columnista y editor en el semanario Tribune, apenas unos días después de la muerte de su madre, George Orwell se entrevistó con un joven periodista irlandés llamado Patrick S. Baldwell. La entrevista tuvo lugar en la casa del escritor, una apartamento de planta baja en Mortimer Crescent, en el barrio de Kilburn. En su libro “Seven Inches of Glory”, publicado en 1957, S. Baldwell cuenta los pormenores del encuentro. El libro es aburrido hasta la pesadilla, fundamentalmente porque pretende rellenar 145 páginas con las referencias a un encuentro que duró, como refiere el propio autor, 17 minutos.

S. Baldwell aprovecha su oportunidad para dar su opinión sobre la postguerra londinense, se interna en retratos de personajes pintorecos –como el de una anciana sucia y desdentada que vendía té en la calle, té caliente que preparaba en toscas cazerolas y servía en cantimploras del ejército-, cuela aquí y allí referencias a su propias hazañas y las vida que salvó durante los bombardeos alemanes. Creo que Patrick S. Baldwell no publicó ningún otro libro y, hasta donde ha sido posible investigar, no ejerció durante mucho tiempo el periodismo y se dedicó al magisterio.


Sin embargo, dio fe de una frase que pone en boca de Orwell –y por tanto, aunque la frase no sea especialmente brillante, le otorga cierto esplendor aprovechable- y que recuerdo hoy, no sé por qué, como tampoco logro desentrañar por qué ni con qué objetivo reproduzco aquí  -y malcito de memoria porque el libro (regalo de un librero inglés que tenía su librería en Lloret de Mar como si el pueblo para algunos fuera una extensión continental de las islas británicas) tomó rumbo propio en una de mis múltiples mudanzas.

“Le debo todo a quienes me precedieron, incluso a muchos de mis comtemporáneos. Sin embargo, eso no quiere decir que me vea obligado a rendir pleitecías de ningún tipo, ni a los unos ni a los otros. Mis obras, mis actos en general, y yo nos debemos a nosotros mismos y sólo rendimos cuenta a los espejos.”

19 abr. 2012

Yo no sé nada de Baltimore

Nada. Hasta que me decidí a buscarlo en el mapa, lo podría haber ubicado en las Carolinas, en Georgia o en Maine.

Bueno, sabía que tenía puertos y barrios y un alcalde y pandillas y policías y drogas.

Como norma general, se exagera. Le llaman hipérbole para confundir.

Hoy, sin embargo, no pretendo hablar de televivión sino de música, del disco The Wire: "... And All The Pieces Matter", que viene a ser algo así como la banda sonora original de la serie.

El disco recuerda a aquel otro realizado a partir de la película Pulp Fiction de Tarantino. Lo recuerda desde que los temas musicales conjugan géneros diferentes -en este caso rap, blues y rock, cada uno permeado por ese tono contestatario e indomable-; o quizás la mezcla vaya más lejos e incluya suciedad, sangre, lágrimas, muerte, drogas, alcohol, dolor, todos los dolores. Otra semejanza: entre los duros temas musicales han situados fragmentos de diálogos de la propia serie. Todo ello ayuda a que se encuentre a lo largo del disco un tema central, un tema que no puedo referir, pero que si sirve de algo, termina coincidiendo con el argumento de la serie, cualquiera que éste sea.

Sixteen Tons de The Nighthawks, la harmonica de Jesse Winchester en Step by Step, I Feel Alright de Steve Earle, The Body Of An American de The Pogues, las cuatro versiones del Way Down In The Hole, de Tom Jones que sirvieron de tema de apertura de la serie en sus cinco temporadas...

Alrededor de la mitad de las pistas son rap y hip-hop, la mayoría de artistas de Baltimore que rastrean el paso de las calles y el pálpito de sus habitantes: Dance My Pain Away de Rod Lee, My Life Extra de DJ Technics o la asombrosa pieza instrumental Assume The Position de Lafayette Gilchrist que fusiona jazz y hip-hop.

Los seguidores de la serie tienen en este disco ciertos amables recuerdos, una manera de reforzar memorias positivas; tanto ellos como los que no lo fueron hallan en el disco un gusto extrañamente amargo, como ese sabor que te deja una lágrima que ha rodado hasta los labios sin que uno haya llorado.

Post datum
 



12 abr. 2012

Tecnología

He soñado que no había corriente eléctrica.

No había; no existía. Galvani, Volta, Ampère, Faraday no habrían aparecido en ninguna enciclopedia.

La nevera era un armario con un diseño muy incómodo y con apéndices inútiles e inexplicables.

La televisión se podía utilizar como un mal espejo.

En una gran caja de cartón mi mujer y yo habíamos ido poniendo utensilios que no sabíamos para qué servían: microondas, exprimidor de naranjas, cortapelos, secadores, cafetera, radios, móviles, cámaras de fotos y video, lamparillas de mesa. Llenamos varias cajas de aquellos trastos, aparatos que compartían la alegre circunstancia de un cordón alargado, habilmente finalizado con una pieza de plástico y dos espigas de metal.

Estuvimos un rato desolados por tanta inutilidad que había estado escondida en nuestra propia casa.

Después, no obstante, estuvimos bastante bien.

5 abr. 2012

Del "self made man" al esnobismo

La cultura estadounidense, la sociedad, tiene un sueño colectivo, un sujeto que se levanta como símbolo colectivo. Lo llaman self made man, y el término se explica por sí mismo.

Apartando las exageraciones propias de las circunstancias que han querido comparar a Steve Jobs con, por ejemplo, Einstein, hace ya algún tiempo la sensiblería general ha iconizado a Jobs.
Adopción, garaje, páncreas. Términos que inciden en esa terminología del martirologio, la admiración y la envidia.

29 de Junio de 2007, a la espera del primer iPhone
Admiro a Steve Jobs, su desenfadado estética de rockero tardío, su sagacidad comercial (con regularidad se contrapone Apple a Microsoft; yo creo que la contraposión es más aguda entre Apple y Google, la empresa que lo cobra todo y la empresa que ofrece todo gratis, ambos, entiéndase, como reclamo), la capacidad de hacer aparatitos y que la gente se una a ellos tanto o más que a sus riñones.

De ahí a que la muerte de Jobs haya tenido un seguimiento tan masivo (todos los periódicos de circulación nacional en España, por ejemplo, llevan la noticia en portada, en algunos la noticia es toda la portada) contiene un matiz de exageración y de la conciencia snob de occidente.