29 may. 2012

Houla, 26 de mayo


Toda guerra en la que la  victoria está determinada por el control de la población civil  termina teniendo su matanza memorable. La de Siria –que lo es, al menos eso parece: una guerra civil que occidente insiste en obviar, con la que nos enojamos, pero no lo suficiente, la que lamentamos, pero no lo suficiente, la que mencionamos en los diarios, pero no lo suficiente- tiene su propio baño de sangre paradigmático, ese que cuando transcurra el tiempo se recordará como la matanza de Houla. 


Y no es que estos quince meses de conflicto no hayan ocurrido escenas semejantes, cada cual encargada de añadir cuotas de sangre, agonía, venganza, dolor, escarnio, impotencia. Al final, son 108 muertos, un puñado más a añadir a los más de diez mil que calcula la ONU (los asesinatos de Houla, por cierto, ocurrieron a escasos 25 kilómetros de los observadores de Naciones Unidas). El detalle radica en que entre ellos hay al menos 32 niños. La significancia está en que he visto las fotos.

Justamente hoy, y en broma, hablaba con un amigo del optimismo. Diez minutos después me llegaba a través de twitter el enlace de una corresponsal que cubre la zona -hace varias semanas fue evacuada junto a decenas de periodistas, emboscados en su huida por el ejército sirio. 

Al final de este post, dejo el enlace con las fotos que aconsejo no mirar: son duras, repulsivas, evocan demasiadas cosas peligrosas, son, como decía el tweet de la periodista, impublicables, indecentes, agrego.

Al final de este post, dejo el enlace con las fotos que aconsejo mirar si uno quiere sentir que le cambian cosas muy dentro, si uno quiere recordar que si fuimos capaces, volveremos a serlo, que la vida ocurre con más fuerza allí donde se es más frágil.

Pero todo esto pasa lejos y podemos darnos el lujo de creer que nuestra vida vale algo, sirve de algo. Lo peor es que no somos diferentes, no se sentían diferentes los nazis de Auschwitz, ni los libaneses de Sabra y Chatila, ni los serbios de Srebrenica, ni los turcos en Adana. No somos diferentes, ¿por qué habríamos de serlo?


24 may. 2012

Dos moscas


La Oficina de la Imagen de Pekín, en una disposición, prohíbe que en los baños públicos haya más de dos moscas.

La noticia se ha analizado, siempre desde el cachondeo inescrupuloso, se le ha pasado por encima, como si fuera lo que parece ser, una tontería.

Sin embargo, quería yo fijarme en el detalle de la cifra. Dos moscas.

Concluir que una cantidad determinada de moscas es sinónimo de limpieza, orden, incluso de buen hacer o de lo contrario, demuestra lo que ya imaginábamos: los chinos tienen una manera de pensar diferente al resto de los mortales¸ sólo hay que pasar por el bazar de tu calle para contrastarlo.

Y es que si uno lo analiza en profundidad, si uno logra superar todas esas barreras emocionales, toda esa carga negativa de pensar del modo que pensamos, si uno supera sus limitaciones y consigue encontrar una mirada desde el lado opuesto, desde el punto de vista del otro, no puede sino estar de acuerdo con la Oficina de la Imagen de Pekín: una o dos moscas es aceptable; tres una ofensa.

China tiene sus arcanos / China tiene sus secretos / China tiene sus murallas infranqueables, decía aquel poeta, sobrevalorado, aunque me sigan gustando sus chistes.

23 may. 2012

Julian Barnes: El sentido de un final

Traducido por The Galimatías
tomado de www.nytimes.com

16 de octubre de 2011 

por Michito Kakutami
Si hay temas comunes en la escritura de Julian Barnes, desde su obra maestra de 1985 “El loro de Flaubert” hasta “La historia del mundo en 10 capítulos y medio” (1989), “Amor, etc.”, y colecciones recientes como “Pulse” (2011), es el carácter esquivo de la verdad, la subjetividad de la memoria y la relatividad de todo conocimiento. Mientras que sus primeros libros examinaban nuestra limitada capacidad para comprender a otras personas y otras épocas, su última novela, "El sentido de un final" (The Sense of an Ending) –ganadora del  Premio Man Booker en 2011- analiza las formas en que la gente distorsiona o adapta el pasado en un esfuerzo por desmitificar su propia vida.


Del mismo modo que hiciera su contemporáneo Kazuo Ishiguro en “Lo que queda del día” (The Remains of the Day), Barnes echa mano a un narrador no fiable para sustanciarlo –y en ambos casos podría parecer que inspirados en el clásico de Ford Madox Ford "El buen soldado". Como en algunas de sus obras anteriores, en "El sentido de un final" (el título está tomado de una obra de teoría literaria del crítico Frank Kermode) se pueden hallar frecuentes referencias filosóficas, y uno encuentra la satisfacción a través de la inteligencia más que de la emoción. Sin embargo, Barnes se las arregla para crear un  genuino suspense con una especie de relato psicológico de detectives. No solo queremos saber como el narrador, Tony Webster, reescribe su propia historia -y de paso descubre lo que ocurrió realmente 40 años atrás-, sino que también queremos entender esa necesidad  de hacerlo.

A sus 60 años Tony se  ha convencido de haber logrado un estado mental de paz y   tranquilidad, aún cuando nunca haya tenido ninguna de las grandes aventuras que de niño alguna vez soñó tener, aventuras similares a las que leía en los libros. El recuento de su juventud –que transcurre en la primera mitad de la novela- subraya la torpeza y represión que él y sus amigos de la secundaria experimentaban cuando se trataba de relacionarse con chicas: "¿Pero no eran los años 60? Sí, pero sólo para algunas personas y sólo en algunas partes de Inglaterra”.

En este punto, los recuerdos de Tony parecen bastante sencillos. Tony recuerda que veía a Adrian Finn, su compañero de colegio, como un "buscador de la verdad" y un modelo de sofisticación intelectual. Adrian, el brillante, el lector de Camus, fue a Cambridge mientras Tony asistía a una universidad menos distinguida donde además tuvo una relación con una enigmática mujer llamada Verónica Ford. Después de que finalizara esta relación, Adrian le escribió a Tony pidiendo su permiso para salir con Verónica. Entonces, de repente, a los 22, Adrian se suicidó y dejó una nota aclarabdo su decisión filosófica de elegir la muerte sobre la vida.

En cuanto a Tony, fue a trabajar como administrador artístico, se casó con una mujer razonable llamada Margaret, tuvieron una hija llamada Susie, y después de doce años logró un divorcio amistoso. Dice que admira a Adrian por tener el coraje de actuar según sus convicciones, mientras que él optó por el orden y la seguridad: "Yo reciclo, limpio y decoro mi casa para mantener su valor. He hecho mi testamento; y los negocios con mi hija, yerno, nietos y ex-esposa están, cuando menos, resueltos".

Tony recibe una misteriosa carta de un bufete de abogados donde le informan que una Sarah Ford –la madre de Verónica- le ha dejado algo en su testamento: un legado de 500 libras y, extrañamente, el diario de Adrian, que de alguna manera había llegado a sus manos. Este hecho remueve hasta los cimientos la certeza y el aburrimiento de la vida de Tony. Cuando Tony intenta que le entreguen el diario, se entera que Veronica se niega a dárselo –y todo esto conduce a una serie de intercambios crípticos con Verónica que lo hacen cuestionarse sus sentimientos por ella y, por tanto, la veracidad de todo lo que ocurrió hace tantas décadas.

¿Hasta qué punto nos engaña -y se engaña a sí mismo- con su explicación simplista de un triángulo amoroso entre él, Verónica y Adrián? ¿Ha idealizado el suicidio de Adrian, o utilizó el propio Adrian la explicación filosófica como la racionalización de un acto motivado por impulsos más oscuros, más desesperados? ¿Es Verónica la  culpable de la muerte de Adrian, o es una especie de víctima? Al sugerir estas preguntas Julian Barnes obtiene un resumen de las diferentes etapas en la vida de Tony y plantea muchas de las mismas cuestiones -edad, tiempo y mortalidad- que ya ha plantado de manera más emocional en libros recientes como "Pulse" y "La mesa limón "(2004).

Hay algo vagamente condescendiente sobre el retrato que de Tony hace el autor, lo presenta como un tonto miope, pasivo y agresivo a la vez, de modo que al lector le resulta difícil no enojarse con él. Y Barnes concluye la historia de Tony con un arrebato violento que se percibe más como un artificio narrativo que como una revelación  inevitable.

Barnes logra un resultado ágil, sin embargo, al desmenuzar la vida de su personaje a la vez que muestra cómo Tony ha rearmado su pasado con el fin de crear un personaje con el que poder vivir. Al hacer esto pone de relieve la manera en que la gente trata de borrar o editar sus locuras de juventud y desilusiones, convirtiendo los acontecimientos reales en anécdotas, y esas anécdotas en ficción.

"Me parece que esto puede ser una de las diferencias entre la juventud y la edad", dice Tony, "cuando somos jóvenes, imaginamos el futuro para nosotros mismos, cuando somos viejos, inventamos pasados diferentes a los demás."


Artículo original Aquí

21 may. 2012

"A pair of eyes"

Escucho a Tony Bennett cantar: "a pair of eyes that are bluer than the summer sky", y casi se me escapa una felicitación -que, seamos serios, Tony no escucharía- por la buena fortuna que tuvo: sweet Lorraine no era tuerta.

Ya estoy escuchando otra canción, Lullaby of Broadway, donde casi no sale ninguna mujer ("when a Broadway baby says good night / it's early in the morning"), cuando se me ocurre pensar por qué esa insistencia en resaltar que era un par de ojos. ¿Sería porque Sweet Lorraine era realmente tuerta –por lo menos estrábica, bizca- y el autor (y aquí podemos salvar a Bennett, o no, depende de si hablaramos de la canción en sí, o de la interpretación que hace él de la canción), resaltando la positividad pretendía ocultar una negatividad imprecisa, ligera o no tanto?

¿No podía decir, acaso, una frase más sencilla, más normal: sus ojos más azules que…?

Ay, estos artistas…


17 may. 2012

Jonathan Franzen: Freedom (Libertad)

Traducido por The Galimatías
Tomado de www.nytimes.com

15 de agosto de 2010
Por Michito Kakutami
Freedom, la nueva novela de Jonathan Franzen pone sobre la mesa todas las herramientas literarias de su autor y su habilidad para abrir, al mejor estilo de Updike, una ventana a través de  la  que se nos muestre la vida de la clase media americana. Aquí, además de haber creado una familia inolvidable para la literatura, Frazen completa su evolución de sátiro apocalíptico que se burla de las dificultades sociales, políticas y económicas de su país, a una especie de realista del siglo XIX especialmente turbado por la vida pública y privada de sus personajes.

Mientras que en su primera novela, “Ciudad veintisiete”, Frazen bebe directamente de las narrativas de Thomas Pynchon y Don DeLillo para conseguir esa imagen lóbrega y lluviosa de una futurista ciudad de St. Louis; su éxito de 2001 “Las correcciones” señalaba la determinación de escribir una especie de “Los Buddenbrooks” americana y así ser capaz de evocar la contemporaneidad estadounidense –optando no por una épica transitoria o caricaturizada sino sabiendo deconstruir una historia familiar y ofreciéndonos un amplio retrato nacional  a la par que se aproximaba el materialismo de los años 90. 


En “Las correcciones”, Frazen descubre su voz más dinámica y aplaca esa tendencia suya a la pontificación sociológica. Sin embargo la novela es una especie de híbrido en el que los instintos satíricos y la visión misántropa del mundo parecen reñidos con su nuevo intento de crear personajes tridimensionales. Por momentos, parece que el autor quisiera exagerar la importancia de los símbolos reflejados en las experiencias de sus personajes, ya que les atribuye casi todas las corrupciones posibles: de la hipocresía a la vanidad, de la paranoia a la intriga maquiavélica.

En las páginas iniciales de “Freedom”, Frazen nos presenta a los miembros de la familia Berglund como a una sucesión de criaturas desagradables que asustan y perturban a los vecinos de St. Paul. Walter Berglund, conocido por su “bondad”, es un padre y esposo débil que fluctúa entre la pasividad y la agresividad, que se enorgullece de sus ideales de amor a la naturaleza y al mismo tiempo trabaja en una malvada compañía de carbón. Su esposa Patty, también de dulzura aparente, es una fiera de muy mal carácter que constantemente le riñe a Walter y quien inexplicablemente acuchilla las nuevas ruedas de nieve de su vecino. Joey, el hijo adolescente y engreído, se siente tan desgraciado en su hogar que termina yéndose a vivir con la familia de su novia a una casa vecina.

Estos apuntes a modo de farsa, sin embargo,  apenas se proponen mostrar el modo en que un extraño percibiría las características y rutinas de los personajes. Como ya ocurría en “Las correcciones”, Frazen tiende a incidir demasiado en emociones como la ira o la depresión. En Freedom las sufren la mayoría de los personajes, quienes a su vez las justifican con injusticias y desprecios que alguna vez sufrieron de manos de sus padres.

A medida que se desarrolla, la novela ahonda en la mente de cada uno y los va mostrando como seres humanos y no como estereotipos Nietzscheanos fácilmente divididos en las categorías “duros” (desvergonzados y ambiciosos) o “suaves” (blandengues y lloricas); nunca simples presas exacerbados por rencores añejos, sino gente confundida, perdida, capaces de modificar sus comportamientos e, incluso, trascender.

Llegamos a entender la relación entre Walter -serio y siempre deseoso de agradar, el buen soldado que se estremece de ira contenida- y Patty -atleta colegial convertida en ama de casa que mitiga la sensación de inutilidad y pérdida con alcohol y sarcasmo. Conocemos a Richard, el mejor amigo de Walter, músico encantador y obsesivo mujeriego, de quien Patty se enamoró décadas atrás y con quien tendría más tarde una aventura.

La continuas alusiones a “La guerra y la paz” que sugieren algún tipo de paralelismo entre el triángulo amoroso Walter-Richard-Patty y el de Pierre-Andrei-Natasha del clásico de Tolstoi resultan alegremente presuntuosas; no obstante, Frazen logra descubrir con eficacia la evolución de las relaciones entre sus tres personajes principales, así como la dinámica entre Walter, Patty y sus dos hijos Joey y Jessica. Es capaz de comprender y mostrar los improvisados juegos emocionales que pueden surgir en las familias y las rampas y escaleras psicológicas que pueden aflorar en sus vidas cuando menos lo esperan.

Desde el inicio de su carrera con “Ciudad veintisiete”, Frazen persigue con ambición poder escribir una Gran Novela Americana capaz de captar un estado mental nacional y este nuevo libro no es una excepción. Su propio título anuncia el tema que se moverá con intensidad dentro de la prosa: qué significa la libertad en el contexto de las responsabilidades familiares y de las creencias ideológicas; hasta dónde alcanza el desarraigo y la desintegración familiar esa libertad podría provocar.

Pero no es su leitmotiv ni su argumento enrevesado y dikensiano lo que le otorga su peso a esta novela y mantiene la atención del lector, sino sus personajes y la habilidad de encontrar el absurdo de la vida contemporánea (al estilo de David Foster Wallace) en donde “el planeta  se calienta como una tostadora” o la gente usa tarjetas de crédito para comprar un paquete de chicles  o un perrito caliente (“el dinero en efectivo es realmente anticuado”), donde la guerra entre partidos parece tener el propósito de acabar con el país y los blogs con opiniones desmedidas, desquiciadas o incendiarias se celebran y reconocen como genuinas expresiones del descontento colectivo.

A través de una prosa visceral y lapidaria, Frazen nos muestra como sus personajes luchan por guiarse dentro de un mundo de artilugios tecnológicos y costumbres siempre cambiantes, cómo intentan resolver la ecuación que se plantea entre sus expectativas de vida y la gris realidad, entre sus ideales políticos y las urgencias personales. Es capaz de ir desde la comedia adolescente (el incidente de Joey cuando accidentalmente se traga su anillo de compromiso justo antes de unas vacaciones con la chica de sus sueños) hasta la tragedia (lo que le ocurre a la asistente y nueva  amante de Walter cuando se embarca sola en un viaje a la región carbonífera de Virgina). Frazen demuestra su habilidad para sostener un espejo frente a las personas que habitan su lóbrego mundo mientras traza un retrato de sus turbias vidas interiores.

En sus trabajos anteriores, Frazen tendía a imponer la aparente visión mecanicista y cínica de sus personajes respecto al mundo, amenazaba con convertirlos en meros peones del autor guiados por imperativos naturales básicos. Esta vez, al haber creado individuos dentro de su conflicto, capaces de ir contracorriente y de escoger su propio destino, ha escrito su novela más profunda hasta el momento, una novela que resulta a la vez apremiante biografía de una familia disfuncional y retrato indeleble de nuestros tiempos.

16 may. 2012

La chingada

Uno de los cuentos que más me ha impresionado es el de Ambrose Bierce titulado “Un suceso en el puente del riachuelo del búho”. Lo leí temprano, quizás por eso: “Peyton Farquhar estaba muerto. Su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba de un lado a otro del Puente del Búho”, terminaba. (También he de decir que uno de los libros que más me impresionó mientras lo leía era de Bulgakov, “El maestro y Margarita”; y que ambos, cuento y novela, releídos años después, como suele ocurrir, me decepcionaron: ellos seguían siendo los mismos, yo no.)


No había ninguna referencia aparte de una breve cita biográfica en aquella antología del cuento norteamericano de Rodríguez Feo, aquella donde muchos de nosotros (de los míos, iba a poner) descubrimos un universo narrativo acogedor y diáfano, una manera de contar antigua y a la vez novedosa. Años después supe más de Ambrose Bierce, de sus aventuras, de Molly Day, de sus hijos muertos, de sus heridas de guerra y de su desaparición, de un fragmento de la carta que dejara a sus familiares antes de partir rumbo a México, en 1913: “Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano, (…) entiende que pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, la enfermedad, la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Eso sí es eutanasia!”.

A partir de ahí sólo hubo un paso para que tuviera en mis manos “Gringo viejo”, la novela de Carlos Fuentes.

Tantas vueltas para hablar de Carlos Fuentes, me digo. Sí, porque hace apenas dos días leí en diario El País una entrevista de la que destaqué una frase que me hizo recordar a Ambrose Bierce, al gringo viejo, a Peyton Farquhar, a las cosas éstas en las que uno piensa sobre la vida y la muerte, ese exceso de melancolía que tanto mal hace a más de uno: "No hay reglas. El hecho es que cuando se llega a cierta edad, o se es joven o se lo lleva a uno la chingada."

9 may. 2012

Entrevista a David Foster Wallace

Traducido por The Galimatías
Por Laura Miller La apariencia mesurada y de empollón de David Foster Wallace contradice abiertamente la imagen –sin afeitar, pañuelo en la cabeza- de sus fotos publicitarias. Incluso un novelista hipster tendría que ser muy serio y disciplinado para producir un libro de 1.079 páginas en tres años. "La broma infinita," la gigante segunda novela de Wallace, yuxtapone la vida en una academia de tenis de élite con las luchas de los habitantes de un centro de rehabilitación, todo en un contexto futuro cercano en el que los EE.UU., Canadá y México se han fusionado, Nueva Inglaterra del Norte se ha convertido en un gran vertedero de residuos tóxicos; y todo, desde los automóviles privados hasta el nombre de los años están patrocinados por empresas. Ambiciosa, llena de jerga y en ocasiones excesivamente enamorada de la prodigiosa inteligencia de su autor, "La broma infinita", no obstante, tiene suficiente lastre emocional para evitar que zozobre. Siempre hay algo raro y estimulante en un autor contemporáneo que pretende capturar el espíritu de su época. (…)


¿Cuáles eran sus pretensiones cuando comenzó a escribir este libro?
Quería hacer algo triste. Había hecho algunas cosas divertidas y otras algo más densas, intelectuales, pero nunca había hecho algo triste. Y quería que no hubiese protagonistas. La otra banalidad era que deseaba hacer algo realmente estadounidense, algo acerca de lo que es vivir en los Estados Unidos en este fin de milenio.

¿Y cómo es?

Hay algo particularmente triste al respecto, algo que no tiene mucho que ver con las circunstancias físicas, o con la economía, o con cualquiera de las otras cosas de las que se habla en las noticias. Es más como una tristeza al nivel del estómago. Lo veo en mis amigos y en mí mismo. Una especie de perdición. No sé si es algo que le ocurre sólo a mi generación.

Parte de la prensa que ha escrito sobre La broma infinita aborda el papel que desempeña Alcohólicos Anónimos en la historia. ¿Cómo se conecta AA con el tema de la novela?

Esa tristeza sobre la que trata el libro y por la que yo estaba pasando, era un verdadero tipo de tristeza americana. Yo soy blanco, de clase media-alta, obscenamente bien educado, he tenido mucho más éxito profesional de lo que legítimamente podía esperar y aún así andaba a la deriva. Muchos de mis amigos compartían todo lo anterior. Algunos estaban profundamente enganchados a las drogas, otros se habían convertido en adictos al trabajo de manera increíble. Iban a bares de solteros cada noche. Se pude representar de veinte maneras diferentes, pero es la misma cosa.
Algunos de ellos terminaron yendo a AA. Yo no pretendía escribir mucho sobre lo de AA, pero sabía que quería tener drogadictos y sabía que debería haber un centro de rehabilitación. Fui a un par de reuniones con estos chicos y pensé que aquello era tremendamente poderoso. Esa parte del libro suponía fuera lo suficientemente vívida para que pareciera real, pero también suponía que encontraría una respuesta a la perdición y a por qué las cosas que haces para mejorar no son suficientes. Tocar fondo con las drogas y el trabajo de AA fue lo más crudo lo que pude encontrar para tratar esos asuntos.
Tengo la sensación de que muchos de nosotros, estadounidenses de grupos sociales privilegiados con poco más de 30 años, tenemos que encontrar una manera de deshacernos de chiquilladas y enfrentarnos a asuntos como la espiritualidad y los valores. Probablemente el modelo de AA no es la única manera de hacerlo, pero me parece uno de los más enérgicos. Los personajes tienen que luchar con el hecho de que el sistema de AA les enseña cosas bastante profundas a través de sus tópicos aparentemente simplistas.
Es un asunto delicado para quienes tienen cierta cultura, para quienes, para ser mercenario, está dirigido éste libro. Quiero decir que esto es caviar para el lector habitual de narrativa. Particularmente sentí rechazo al principio. ¡Algo como One Day at a Time!(*) ¡Del año 1977 y protagonizado por Bonnie Franklin! Pero al parecer, algo importante en lo que respecta a la adicción es que necesitan tanto la droga que cuando se la quitan desean morir. Y es tan horrible que la única manera de enfrentarlo sea construir un muro en medianoche y no mirar por encima de él. Algo tan banal y reductor como One Day at a Time permitió a estas personas caminar a través del infierno, que es en lo que consisten los seis primeros meses de desintoxicación. Fue algo verdaderamente sorprendente.
La intelectualización y la estetización de los principios y valores en este país es una de las cosas que ha eviscerado a nuestra generación. Mis padres me enseñaron que era realmente muy importante no mentir. Ok, entendido. Digo que sí, pero realmente no lo siento. Así hasta que llego a tener 30 años y me doy cuenta de que cuando le mienta a una persona, a la vez dejaré de confiar en ella. Siento dolor, estoy nervioso, me siento solo y no logro responder por qué. Entonces me doy cuenta: “Tal vez la manera de hacer frente a esta realidad sea no mentir". La idea de que algo tan sencillo y, en realidad, tan poco interesante desde el punto de vista estético -que pasa por encima a criterios interesantes y complejos- pudiera en realidad alimentar y nutrir mucho más que otras cosas, me parece que es algo que nuestra generación tendría que tomar en cuenta.

¿Está tratando de encontrar significados similares en la cultura pop que suele abordar? Ese tipo de cosas puede ser visto como salidas simplemente ingeniosas, o superficiales.

Siempre me he visto como una persona realista. Recuerdo que me peleaba con mis profesores sobre este asunto. El mundo en que yo vivo consta de 250 anuncios al día y un número incalculable de opciones de entretenimiento, la mayoría de los cuales están subvencionados por empresas que quieren vender productos. La manera en que el mundo interactúa con mis terminaciones nerviosas está ligada a cosas que unos tíos con parches de cuero en los codos considera pop o triviales o efímeras. Yo uso una buena cantidad de “material pop” en mi ficción, pero lo que quiero decir no es nada diferente a lo que la gente quiere decir cuando escribe sobre los árboles y los parques y la necesidad que tenían hace 100 años de andar hasta el río para conseguir agua. Es sólo la textura del mundo en que vivimos.

¿Cómo es ser un narrador joven hoy en día? ¿Cómo empezar, cómo lograr construirse una carrera, etc.?

Personalmente, creo que es un momento realmente fantástico. Tengo amigos que no coinciden. La ficción literaria y la poesía están realmente marginadas hoy en día. Pero hay una falacia en la que caen algunos, el viejo tópico de que el público es tonto; el público prefiere mantenerse en ese nivel de profundidad; pobres de nosotros, estamos marginados a causa de la TV, la gran hipnosis, bla, bla. Pueden sentarse y organizar esas orgías de lástima, pero por supuesto que es una sandez. Si una forma de arte es marginada es porque no se está comunicando con la gente. Lo más fácil es llegar a considerar que la gente a las que te diriges es demasiado estúpida para entenderlo, pero esa me parece la salida más simple.
Si el escritor sucumbe a la idea de que el público es demasiado estúpido, entonces hay dos resultados posibles. El número uno es el vanguardismo, donde se tiene la idea de que se está escribiendo para otros escritores y por tanto no se preocupan de hacerlo de manera más accesible o relevante. Se preocupan por que sea estructural y técnicamente innovador, apropiadas referencias intertextuales, que parezca inteligente. En realidad, no se le presta atención a si comunica o no con un lector a quien sí le importa esa sensación en el estómago, que es la razón por la cual leemos. Está también el otro extremo, los retazos de ficción groseros, cínicos y comerciales hechos de manera superficial -esencialmente televisión en páginas de libro- que manipulan al lector y disponen asuntos grotescos de manera puerilmente fascinante.
Lo raro es que estos dos bandos luchan entre sí cuando en realidad ambos provienen de lo mismo, del desprecio por el lector, de la idea de que la marginación de la literatura actual es culpa del lector. Vale la pena intentar hacer cosas que tengan algo de la riqueza, el desafío, la emoción y la dificultad intelectual de las vanguardias, cosas que permiten que el lector se enfrente a los asuntos planteados en lugar de ignorarlos, y que a la vez sean agradables de leer. El lector nota que alguien le está hablando en vez de estar ensayando varias poses.
Parte de ello tiene que ver con vivir en una época en la que hay muchísimas formas de ocio disponible, ocio real, y en averiguar cómo la ficción va a marcar su territorio en una época así. Se puede intentar encontrar qué produce la magia de la ficción, esa magia que no está en otros tipos de arte y entretenimiento. Se puede intentar averiguar cómo la narración puede conectar con el lector, gran parte de cuya sensibilidad se ha formado con la cultura pop, sin que simplemente se convierta en un poco más de basura en la máquina de la cultura pop. Es increíblemente difícil y confuso y asusta, pero es efectivo. Ninguna otra generación ha enfrentado un ocio comercial tan amplio y tan hábil. Eso es lo que significa ser un escritor hoy en día. Creo que es con mucho el mejor momento para vivir, y probablemente también sea el mejor momento para ser escritor. Esto no quiere decir que sea el más fácil.

¿Qué cree que sea lo especialmente mágico de la ficción?

¡Oh, señor, esto podría ocuparnos un día entero! Bueno, la primera línea de ataque para contestarle es la soledad existencial en el mundo real. No sé lo que estás pensando, no se cómo es estar dentro de ti ni tú sabes lo que es estar dentro de mí. En la ficción creo que de cierta manera podemos saltar por encima de ese muro. Pero eso es sólo el primer nivel, porque la idea de intimidad emocional o mental con un personaje es una ilusión o artificio creado por el escritor. Hay otro nivel: una obra narrativa es también una conversación; se establece una relación entre el lector y el escritor que es muy extraña, muy complicada y muy difícil de explicar. Una obra narrativa puede o no transportarte y hacerte olvidar que estás sentado en una silla. Hay libros del tipo estrictamente comercial y hay tramas fascinantes que también pueden hacer eso; pero no logran hacerte sentir menos solo.
Hay una especie de despertar, de sorpresa. Alguien, al menos por un momento, tiene el mismo sentimiento o ve algo de la misma manera que tú. No sucede todo el tiempo. Pueden ser breves destellos o llamas, pero se siente de vez en vez. Te sientes acompañado -intelectual, emocional y espiritualmente. Te sientes humano y acompañado, como si estuviera tomando parte de una conversación profunda y trascendente. Y esto sólo ocurre con la ficción y la poesía.

¿Para usted qué escritores logran estas sensaciones?

De los clásicos, hay varios que siempre retornan: "La oración fúnebre" de Sócrates; la poesía de John Donne; la poesía de Richard Crashaw; algunas cosas de Shakespeare; las cosas más breves de Kyats; Schopenhauer; "Las meditaciones metafísicas" y "El discurso del método" de Descartes; "Prolegómenos a toda metafísica futura" de Kant; "Las variedades de la experiencia religiosa" de William James; "Tractatus" de Wittgenstein; "Retrato del artista adolescente" de Joyce; Hemingway -en particular las cosas de Italia de "En nuestro tiempo"; Flannery O'Connor; Cormac McCarthy; Don DeLillo; AS Byatt; Cynthia Ozick –sus cuentos, especialmente uno llamado "Levitación"-; cerca del 25 por ciento de Pynchon; Donald Barthelme, sobre todo una historia llamada "El globo", que fue la primera historia que leí que me hizo querer ser escritor; Tobias Wolf; las mejores cosas de Raymond Carver -la más cocnocidas-; Steinbeck, cuando no está golpeando su tambor; el 35 por ciento de Stephen Crane; "Moby Dick"; "El Gran Gatsby".
Y, Dios mío, no hay poesía: Phillip Larkin, probablemente más que nadie, Louise Gl&uumlck, Auden.

¿Y entre sus colegas?

Está el asunto del "gran hombre blanco”. Hay por lo menos cinco de nosotros que están por debajo de los 40 años, son de raza blanca, miden más de seis pies y usan gafas. Está Richard Powers, que vive sólo a unos 45 minutos de mí y a quien he conocido recientemente. William Vollman, Jonathan Franzen, Donald Antrim, Jeffrey Eugenides, Rick Moody. La persona que más atención me despierta ahora mismo es George Saunders, cuyo libro "Guerracivilandia en ruinas" acaba de salir. A.M. Homes: no creo que sus historias largas sean perfectas, pero cada par de páginas hay algo que acaba por emocionarte. Kathryn Harrison, Mary Karr, a quien se conoce por "El club del mentiroso" (The Liar's Club), pero es también poeta y creo que la mejor poeta entre las menores de 50 años. Una mujer llamada Cris Mazza. Rikki Ducornet, Carole Maso. "Ava", de Carole Masó -un amigo mío lo leyó y dijo que le dio una erección del corazón.

Hábleme de su experiencia en la enseñanza.

Me contrataron para enseñar escritura creativa, cosa que no me agrada.
Hay material para emplear dos semanas en personas que no hayan escrito más de 50 cosas aún y siguen estando en fase de aprendizaje. Después de ese tiempo se vuelve más una cuestión de gestionar las impresiones subjetivas de varias personas sobre cómo decir la verdad sin tirar abajo el ego de alguien.
Disfruto enseñando a nuevos estudiantes, se reciben una gran cantidad de estudiantes de zonas rurales que no están ligados a la cultura y a quienes no les agrada leer. Han crecido considerando la literatura algo seco, irrelevante, sin gracia, como el aceite de hígado de bacalao. Se logra mostrarles cosas algo más contemporáneas –hay uno con el que habitualmente trabajamos en la segunda semana, un cuento llamado "Una muñeca real", de A.M. Homes, del libro "La seguridad de los objetos", y que narra la relación de un niño con una muñeca Barbie. Es brillante, y en una mirada superficial de la historia, resulta demasiado retorcido, enfermo, fascinante y, por tanto, realmente interesante para personas de 18 que cinco o seis años atrás estuvieron jugando con muñecas o fueron sádicos con sus hermanas. Es muy reconfortante ver a estos chicos despertar, darse cuenta que leer literatura es a veces difícil, pero que merece la pena y les puede dar cosas que no podrían conseguir en ninguna otra parte.

¿Cómo ve las reacciones sobre la extensión de su libro? ¿Es la extensión algún tipo de provocación o buscaba un efecto o conclusión en particular?

Sé que es arriesgado porque forma parte de la cuestión de exigir al lector –exigencias que comienzan desde el aspecto monetario. Otra parte es que las editoriales odian los libros de muchas páginas porque les dejan menos ganancias. El papel es muy caro. Si la extensión parece gratuita, como le pareció a la encantadora señora japonesa del New York Times, entonces a alguna gente se le despierta la ira. Y soy consciente de todo ello. El manuscrito que entregué tenía 1.700 páginas, de estas se eliminaron alrededor de 500. O sea, la editorial no se limitó a comprar el libro y distribuirlo sino que fue editado concienzudamente. Fui hasta Nueva York y todo. Si parece una novela caótica, me parece bien, pero todo lo que hay en ella está puesto a propósito. Estoy en una excelente posición emocional para aceptar todas las críticas respecto a la extensión y si la gente cree que esa extensión es gratuita, es porque el libro falla. En todo caso la gratuidad no es porque no tuviera deseos de trabajar o de hacer los cortes necesarios.
Es un libro raro. No se mueve de la forma en que se suelen mover los libros. Tiene muchísimos personajes. Creo que tiene al menos la intención de ser divertido y fascinante, lo suficiente al menos para ir pasando una página tras la otra. Así que no considero que esté haciendo sufrir al lector, ya sabes, “Aquí tienes esta cosa super difícil y de una inteligencia imposible. Jódete. A ver si es verdad que lo puedes leer”. Sé que hay libros de ese tipo y son libros que me cabrean mucho.

¿Qué le hizo elegir una academia de tenis para contraponerlo al centro de rehabilitación?

Yo quería hacer algo relacionado con el deporte, con la idea de la obtención de una meta que en algo se asemeja a una adicción.

Hay personajes que se preguntan si la obsesión por la competencia vale la pena.

Probablemente ocurre en casi todos los ambientes. Me doy cuenta en algunos de mis alumnos. Eres un joven escritor, admiras a un escritor mayor y deseas llegar a esa posición. Imaginas que toda la energía que ha dejado tu envidia, de alguna manera ha sido trasladada, y queda una sensación de que ser envidiado es una buena sensación si se parte de la base que la envidia es un sentimiento muy fuerte.
Puedes creer que escribiendo lograrás una imaginaria meta relacionada con el prestigio más que con la escritura en sí. Esa idea de dar todo de ti para alcanzar una especie de anillo de bronce suele ser una típica enfermedad americana, así como creer que ese anillo hará que la gente sienta algo por ti. ¿Y la gente se pregunta por qué se siente alienado, solitario y estresado?
El tenis es un deporte del que conozco lo suficiente como para encontrarlo hermoso y poder encontrarle algún significado. Lo bueno de esto es que la revista Tennis quiere hacer algo sobre mí. A lo mejor algún día pueda jugar con los profesionales.

8 de marzo, 1996


(*) Serie de TV (1975-1984). 209 episodios. Popular serie norteamericana de los años setenta que trataba de una madre soltera que intentaba sacar adelante a sus hijas y progresar en su carrera profesional.


Texto original en inglés
Aquí

3 may. 2012

Nuevas religiones

El nuevo siglo empezó hace más de diez años y a algunos nos sorpendió petrechados de verdades, principios y prejuicios bien almacenados dentro. Algunos de mi generación pretenden usurpar sitios que nos les pertenecen, le llaman desaprender, palabro que a mí me suena a olvidar lo mucho o poco que se haya aprendido. Por mucho que pretendan explicarlo una palabra dice lo que dice. Desaprenden y por momentos recuerdan a un viejo verde que cree que la vecina adolescente está perdidamente enamorada de él.

Desaprenden y terminan desorientados. Terminamos, para sumarme a una vasta generalización. En cierto momento nos dimos cuenta de que los dioses ya no son lo que eran. La razón nos obliga a dudar, sino de la existencia, al menos de su utilidad práctica: de que rezarles para conseguir un trabajo o curar una efermedad o vengar a los ofendidos o salvaguardar a los débiles es una perdida de tiempo, una masturbación sentimental que permite que nos sintamos bien mientras lo hacemos, pero que una vez hemos finalizado nos deja un poco vacíos, ridículos; de que acatar los mandamientos que fueron dejando aquí y allá no nos librará de ninguna de los malos momentos que debemos soportar, los malos, los peores y los irresolubles.

Ante dios muerto, dios puesto. Y las nuevas religiones rechazan los entes divinos, son, quizás, humanistas, personales, íntimas, imprecisas, libérrimas, ñoñas…

Para poder aclararme: cuando digo nuevas religiones me refiero a esas almagamas que conectan términos como espíritu, voluntad, despertar, bondad, noche oscura, desarrollo personal, budismo, conspiración, ley de atracción, felicidad, creación, fuerza interior, vegetarianismo, corrección política (corección fingida y más social que política), voluntarismo, karma, limpieza del alma, feng shui, desaprender.

Al gusto, tomando un poco de aquí, un poco de allá, cada cual se sirve, arma una seudoreligión a su medida, como en un buffet libre y siempre a tiempo de cambiar detalles o fundamentos, de intercambiar razones, guiños. Eso, ciertos principios a los que serles fiel, que deben ser respetados por la salud del alma, la paz interior y otros sustantivos no contrastables: la oportunidad de decir como Marx (Groucho, siempre él): "estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros".