28 jun. 2012

Don Delillo: Submundo

Traducido por The Galimatías
Tomado de www.nytimes.com

Por Michiko Kakutani
14 de julio de 2011

Una década después de los sucesos del 11 de septiembre, vale la pena releer la excelente novela de Don de Lillo "Submundo" para apreciar cómo en ella el autor logra capturar la extrañeza surreal de la vida en la segunda mitad del siglo 20 y consigue a su vez anticipar el hundimiento de Estados Unidos en la ola del terror y en la exigencias propias del nuevo milenio.


La novela –la portada original llevaba una imagen de las Torres Gemelas rodeadas de niebla y amenzando una pequeña iglesia- se centra en los años de la guerra fría. Pero su retrato de la vida bajo la sombra de una bomba atómica -esa cosa "que han traído" al mundo y que "omnibula la mente"- es inmediatamente traspolable. Como hizo tan astutamente en las novelas anteriores, DeLillo describe una América esclava de la celebridad, la tecnología y los medios de comunicación, un país afectado por la paranoia y la confusión, un país en el que no hay límites para el poder del dinero, y "la violencia es más fácil ahora, está desarraigada, fuera de control, sin medida".

A pesar de que "Submundo" gira entorno a las experiencias de Nick Shay -un personaje que comparte la infancia en el Bronx y la educación católica del escritor-, desarrolla  un retrato panorámico de Estados Unidos a tavés de las vidas entrecruzadas de decenas de personajes, famosos y oscuros: aficionados al béisbol y fanáticos de las conspiraciones, buscavidas, timadores, empresarios, científicos y artistas. La novela se mueve desde las calles de Nueva York a los suburbios y al desierto de Nuevo México, saltando atrás y adelante e incluyendo un espacio temporal que abarca desde los años cincuenta hasta los noventa; de modo que logra sugerirnos cómo las vidas privadas y los sucesos públicos, lo personal y lo colectivo, pueden converger con fuerza explosiva.

Los lectores que se sientan intimidados por las más de 800 páginas de la novela, prueben al menos leer el prólogo: una impresionante pieza de aproximadamente 50 páginas donde se relata la experiencia de 35 000 personas viendo el famoso partido de béisbol del 3 de octubre de 1951, cuando los Gigantes vencieron a los Dodgers y ganaron el título de las Grandes Ligas -un juego que se celebró el mismo día en que la Unión Soviética detonaba su bomba atómica y que marcaba un nuevo giro letal de la guerra fría. Este prólogo es una valiente muestra de los poderes literarios de DeLillo y logra por sí sólo impulsar al lector hacia el resto de esta novela deslumbrante y clarividente.



Artículo original en inglés Aquí

22 jun. 2012

De mujeres con hombres

El nombre de Richard Ford siempre me ha sonado a presidente de Estados Unidos, aún cuando de Gerald a Richard haya una distancia considerable. El escritor me asaltó una tarde de hace ya varios años, en una de las bibliotecas madrileñas adonde iba a buscar refugio de mí mismo. Por azar y sin ninguna referencia agarré un libraco del estante que tenía el sospechoso título –por la referencia a una peli de estas apocalípticas y que algunos justifican con lo de “pasar el rato” como si hubiera ratos que no se consideraran parte de la vida, sino algo que debe ocurrir de prisa, un mal trago- de “El día de la independencia”.

“El día de la independencia” -y lo cito como detalle curioso más que como prueba de algo- obtuvo los premios Pullitzer y Pen/Faulkner  y es otro intento quizás de alcanzar esa quimera narrativa norteamericana de escribir la Gran Novela Americana que sueñan –o eso parece- casi todos los escritores de primera línea. Es una buena novela, quizás una gran novela, pero no es el tema de este post. Si la suerte, la oportunidad y el entusiasmo así lo quieren, en algún momento escribiré algo del libro, de Frank Bascombe y sus intentos de resistir al mundo, el mismo Frank Bascombe que antes había sido periodista deportivo y que ahora vende casas, que intenta redimir su paternidad con un viaje con la hija sobreviviente. Ese libro donde “casi” no pasa nada porque la mayoría de las cosas ya han pasado o están por pasar y que es tan delicioso de leer. Sí, algún día habría que escribir de ello y pensar que a alguien le interesaría el asunto.

Decía que me encontré con Richard Ford hace años y por casualidad. Por entonces leí el libro antes mencionado, “El periodista deportivo” y “Rock Spring”. Pero hace un mes o dos, leyendo la novela inédita de un amigo, me acordé de nuevo de él. Lo he pensado bastante, he querido encontrar por qué una cosa me llevó a la otra, pero no encuentro ninguna causa razonable. Ni trama ni estilo ni personajes de la novela de mi amigo hacían referencia a la escritura de Richard Ford. Sin embargo, allí estaba yo, acordándome del norteamericano cuando leía las idas y venidas de un emigrante cubano en Madrid. (No lo cito porque no he tenido ocasión de solicitar permiso, o lo que haya que solicitar en estos casos, pero sí me atrevo a decir que el manuscrito es uno de los libros más cerrados y completos de un par de generaciones de escritores cubanos y que la suya es una voz que seguramente nos deparará alguna agradable sorpresa.)

Recordé a Richard Ford y pensé que era un buen momento para leer algún otro libro suyo, “Acción de Gracia”, por ejemplo, tercera parte de la trilogía de Frank Bascombe. Salí a buscar el libro, pero no lo pude encontrar, así que eché mano a este “De mujeres con hombres” y me he felicitado por tener suerte algún día, aunque no sea aquel cuando juego La Primitiva.

“De mujeres con hombres” es un libro de relatos. Es un libro con tres relatos: “El mujeriego”, “Celos” y “Occidentales”. Los tres cuentos tratan de lo mismo: de las búsquedas, de los fracasos, de los caminos sin salida, del ridículo como actitud inaplazable, de las incongruencias que nos nutren, de las pequeñeces que ligeramente nos contentan o nos deprimen con radicalidad.


En “El mujeriego”, Ford nos adentra en un personaje que todos querríamos evitar llegar a ser, un hombre que en un momento determinado llega a descubrir que ha estado demasiado seguro de sí mismo, que ninguna de las cuestiones que tenía como verdades personales lo son, a quien “se le había ocurrido pensar, por supuesto, que a lo peor lo que era en realidad era un cobarde rastrero y mentiroso sin el coraje suficiente para enfrentarse a una vida en soledad; un hombre que no valía para quedarse solo en un mundo complejo y llenos de las consecuencias de sus propios actos. Aunque éste no dejaba de ser también un modo convencional de entender la vida, otra concepción, y sabía que no debía caer en ella”. Austin se ha creado otro yo alejado de lo que le dice el espejo y de pronto se da de lleno contra él.  Por momentos cree que "su amor por Barbara” –la esposa que le espera en Chicago- “merecía mucho más. Había en él una fuerza demasiado vital, demasiado plena, lo cual quería decir algo, lo cual significaba algo importante y perdurable. Era de esta fuerza -intuía- de la que hablaban las grandes novelas que en el mundo habían sido”. Y mientras se inventa una especie de amor inexplicable por la parisina esquiva que sabemos alejada de los sueños que él parece anisar, residente de otro mundo, otras expectativas, otras verdades. Todo acaba y Ford pone tangencialmente en boca de Austin estas preguntas que alguna vez, quizás, nos hemos hecho: “¿Cómo podía uno poner en orden su vida, causar poco daño y continuar unido  a otras personas? Y, en tal contexto, (…) si estar como fijado  en uno mismo no constituiría sino un malentendido…”.

“Celos”, en apenas 44 páginas, nos presenta a un chico de diecisiete años atrapado en una ruptura familiar inusual y  sus descubrimientos de tantas cosas que siempre estuvieron allí y él nunca supo. Lawrence viaja con su tía Doris a encontrarse con su madre, presencian la muerte de un hombre y conversan y respiran y se descubren. La certidumbre de que ya nada va a ser como antes. “¿Que qué creo yo que va a pasar? Depende del momento que atraviesen y de si existen o no terceras personas. Si tu madre, por ejemplo, tiene un amigo joven y guapo en Seattle o si tu padre tiene una amiga, (…) entonces sí tenemos un problema. Pero si logran aguantar el tiempo suficiente para llegar a sentirse solos, entonces probablemente se arreglarán, aunque me temo que ninguno de los dos quiere aguantar demasiado tiempo”. Y Lawrence sigue descubriendo: que su tía pudo llegarse a casar con su padre, que su tía le puede provocar una erección, que su tía siente celos de su padre, celos que necesita aplacar con aguardiente y que la llevan al tugurio donde presenciarán la muerte a balazos de un hombre con el que habían estado hablando minutos atrás. Lawrence aprende, crece y termina extenuado sabiendo que apenas está comenzando: “al cabo de un rato debí de dejar de respirar durante unos segundos, porque el corazón me empezó a martillear dentro del pecho, y tuve esa sensación que sientes cuando te ahogas y ves que la vida se te escapa por momentos –rápida, velozmente, segundo a segundo-, y tienes que hacer algo para salvarte, pero no puedes, y sólo entonces recuerdas que eres tú quien lo está causando todo, y que sólo tú puedes detenerlo.”

“Occidentales” relata las vivencias de una pareja llegada a un París invernal e inhóspito, que es abandonada por quienes los habían invitado –Matthews esperaba trabajar en la traducción al francés de su novela, vivir el glamur de París de la mano de su editor, sentirse acogido por la bohemia y el recuerdo de tantos y tantos sitios literariamente vividos, verse tentado a quedarse a vivir allí. La ciudad, repleta de turistas alemanes y japoneses y abandonada por los autóctonos en las fiestas navideñas es el marco ideal para lo lúgubre. Matthews repasa la separación de su mujer, el alejamiento de su pequeña hija, la relación inusual que mantiene con Helen –ex alumna, ex enferma de cáncer-, su decisión de dejar la enseñanza para dedicarse a otras cosas, escribir quizás, seguir replicando la inmiscusión en la vida de los demás, en la de su ex mujer, en la de la propia Helen, intuyendo, sabiendo que “la gente, con toda probabilidad, no alberga sentimientos demasiado amables respecto a verse reflejada en las obras de ficción de los demás. Era una cuestión -se daba cuenta- de poder y autoridad: verse usurpado o robado abiertamente por otro, con fines -en el mejor de los casos- no más aviesos que la mera indiferencia.” Helen termina suicidándose en la habitación del hotel mientras él pasea por París. Seguramente es algo que lamenta, pero que no sufre. “De pronto cayó en cuenta de que se le había olvidado comprarle flores. Aquella mañana, durante su paseo, había pensado hacerlo, pero al final no lo había hecho. Otro error; cada vez que pensaba en ello el corazón le empezaba a latir con fuerza.” “Pero había aprendido algo. Había comenzado una nueva época en su vida. Porque sí existían épocas. Era algo incuestionable. Faltaban sólo dos días para Navidad. Al final Helen y él no habían compuesto la canción. Y sin embargo, extrañamente, todo habría acabado para Navidad”.

Los tres relatos son fiel muestra de la obra de Ford. En la dicotomía de ganar por knock out o por puntos -símil pugilístico atribuido a Hemingway-, Ford vence por puntos, por muchos puntos, por puntos que van cayendo palabra tras palabra, frase tras frase, en esa victoria ya lograda de convertir lo que parecería trivial en una balsa de razonamientos, tristeza reprimida, enfrentamiento a la realidad de quiénes y qué somos.

Aún cuando los personajes principales de los relatos son hombres, el destino y la propia importancia de ellos están marcados por mujeres; esas mujeres que les superan siempre en autenticidad, madurez y paciencia.

De ahí quizás el título.

19 jun. 2012

La verdad en ninguna parte


Como hijo de un sistema totalitario, barahúnda inexplicable en la que nací y de la que tardé demasiado en escapar, hubo ciertos tópicos de los que me colgué y que provocan que ahora  mire a mi yo de veinte años atrás con esa ternura lastimera. 

Y uno de estos tópicos era el periodismo. Esa fuerza, ese cuarto poder, la representación dramatúrgica del reportero que muere mientras intenta captar una foto definitiva, el investigador que se sumerge en escándalos que cambiarán la historia, el columnista fiel, sino a la verdad, tema peliagudo, al menos a la sinceridad.

Sin embargo, siempre he tenido un defecto –no el único, por suerte-: soy un tipo curioso. 

Y es así como uno sabe que el reportero arriesga su vida por una foto exclusiva que redundará en su cuenta bancaria, o en su prestigio, que una cosa lleva a la otra, y viceversa; que el investigador se sumerge hasta que toca el asunto que molesta a su grupo mediático, su apoyo ideológico, a quienes ponen la pasta y regresa a la superficie empeñado en que se note su enfado; el columnista que manipula su sinceridad y dice una cosa si escribe para X, otra si escribe para Y, o le pasa por encima, porque el objeto es un amigo, es un buen tío o sencillamente le cae bien, un día se tomó un café con él, digamos, en la cafetería del Congreso.

Los periodistas –ya sé que las generalidades agreden, pero son necesarias y llevan implícitas excepciones- ocupan el segundo lugar de mi lista de despreciables. Es muy fácil comprarlos. Y no es que no se pueda comprar a un albañil o un ingeniero, sino que la repercusión es mayor, tanta como sus deseos de pasar por servidores de la verdad, independientes, sinceros, desinteresados, etc.. 


(Por cierto, los primeros de la lista son los escritores, se quieren más y se les compra con mayor facilidad; algunos se convierten incluso en ideólogos o banderas de esa idea que les paga.)

Por tanto, me echo unas risas conmigo mismo cada vez que escucho los plañidos de ciertos entornos cuando cierran un periódico o un canal de televisión despide a cuarenta periodistas. Y las risas no me las provoca el despido en sí, al final, son currantes que tendrán que comer, pagar el colegio de sus hijos, comprarles zapatos; sino la diferenciación que querrían hacer ver: no es lo mismo cerrar un fábrica que un periódico: el derecho a la información, la democracia, la imparcialidad, todas estas cosas que olvidaron mientras el periódico salía a diario gritando su defensa a un partido político, su odio a otro.

Y la verdad en ninguna parte.

15 jun. 2012

Visotsky y Milián


El día que me entero que ha muerto Teófilo Stevenson, me acuerdo de Visotsky, de una noche de televisión; de Tuto, carpintero a quien un coche arrastraría 45 metros hacia la muerte una tarde, del olor a alcohol de la sala de su casa y mis gritos jalonando los suyos porque otra vez el ruso le estaba ganando a Teófilo. 


Me acuerdo de Ángel Milián, de quien siempre han dicho que era tan bueno como Stevenson, pero con peor suerte, y así debe ser, porque aunque Stevenson ha muerto relativamente joven -a mí los sesenta me siguen pareciendo un buen momento para morirse- alcoholizado y medio escondido por el régimen que tanto cantó sus victorias, Milián murió hace ya años, en la década de los noventa: “Parece ser que Milián seguía siendo bravo y pegó a un muchacho, que se vengó esperándole en la calle con un cuchillo. Al menos eso es lo que se cuentan”.

Así son las cosas: Se muere el triunfador y uno se acuerda de los perdedores.

13 jun. 2012

Entrevista a Martin Amis

Traducido por The Galimatías
The Guardian, 1 de enero de 2010

Stephen Moss


Martin Amis es el novelista más discutido en el Reino Unido, en gran parte, sospecho, porque casi nadie lo lee. Hace unos días, poco después de mi entrevista con Amis, me encontré con un vecino, hombre culto, y le pregunté qué pensaba de su obra. Había leído uno de sus libros hacía años –ni siquiera recordaba por qué no le había gustado-, pero sí sabía todo sobre el escándalo y las acaloradas discusiones motivadas por esas declaraciones de Amis donde se refería a un "tsunami de plata" donde los ancianos decrépitos deberían ser exterminados. Por cosas como esta es que el Amis polémico oscurece la labor del Amis escritor, ese que esta semana publica su novela número doce: “La viuda embarazada”.

Amis vive en una casa grande aunque no ostentosa, en el norte de Londres. La comparte con su esposa, la escritora Isabel Fonseca, y sus hijas Fernanda y Clio. Su padre, Kingsley, tuvo una casa en la misma calle -compartida en el alcohólico final de su vida con su primera esposa (la madre de Amis) y el tercer marido de ésta.

Cuando llegué, Amis bebía una cerveza y buscó otra para mí. Me sorprendió la frialdad con que trataba a la fotógrafa y pensé que quizás fuera por haber sido fotografiado ya demasiadas veces. Todo lo que pidió –la falta de relación entre los dos terminó con un flash de la cámara- es que no le fotografiara echado hacía atrás ya que le hacía parecer arrogante.

Amis tiende a arrastrar las palabras y a hablar en fragmentos, trozos de pensamiento: describe el alboroto que rodea a la publicación de un libro como epifenómenos. ¿Qué debemos hacer con esa loca visión suya del tsunami de plata?

          Habrá una población de ancianos dementes, algo así como una invasión de terribles inmigrantes, apestando restaurantes, bares y tiendas... Debería haber una cabina en cada esquina donde lograr un brebaje y una medalla por decir adios.

En Google se pueden encontrar más de 137 000 resultados de la búsqueda Amis más eutanasia. Después, cuando la tormenta fue tomando fuerza, declaró que lo había dicho en tono satírico.

En el fondo, como él mismo admite, es un novelista humorístico, y también algo que podríamos denominar un polemista humorístico. "Es la manera en que se perciben estas cosas", dice cuando le recuerdo aquella tormenta en los medios de comunicación en los noventa, cuando el estado de su dentadura y los enfrentamientos con Julian Barnes eran los principales temas de discusión en los ambientes literarios.


                 Nunca se tiene en cuenta el contexto; pero andar extremando el cuidado con todo lo que digo o censurándome es algo que no me interesa. No era una ataque a los viejos –no falta mucho para que yo mismo lo sea- y creo que me arriesgué a caer en complicaciones de tipo legal, pero mantengo la idea básica: es necesario tener un medio para poner fin a la vida.

Si se leyera la descripción de los últimos años de Kingsley que aparece en su libro “Experiencia” (Anagrama, 2000), se podría entender el temor de Amis. Recuerda a su padre, intelectualmente aniquilado y sentado frente a la máquina de escribir, tecleando una y otra vez la palabra "gaviotas”. Le teme a su propia decadencia como escritor.

Amis comenzó “La viuda embarazada” poco después de la publicación de su muy mutilada novela “Perro amarillo” en 2003. Previó un libro extenso y lo describió como "absolutamente autobiográfico". "La novela fue una lucha terrible", dice.

                Luché con él durante cuatro años. Las primeras cien páginas lucían bien, parecían funcionar, pero era sólo en lo referente a la técnica y las artimañas narrativas, no por la historia que quería contar. Me di cuenta que no funcionaba la Semana Santa del año anterior, en Uruguay –su mujer Isabel Fonseca tiene ascendencia uruguaya- estando de vacaciones. Leí lo que tenía escrito y pensé: está completamente muerto, inerte. Tuve un par de semanas terribles, luego volví sobre ello y me di cuenta que en realidad allí había dos libros.

Se dedicó a separarlos. En éste hay mucho de relaciones sexuales (al menos de confabulaciones para tener relaciones sexuales) y poco de literatura. El segundo libro, al que le queda aún algún tiempo y que saldrá después de una novela satírica llamada State of England, tendrá mucho de literatura y poco de sexo. El sexo y la literatura, es justo decir, han sido los principales temas de Amis, aunque el orden de importancia ha fluctuado a lo largo de los años.

Afirma que “La viuda embarazada” tiene poco de autobiográfico, pero pocos le creen. La revista Private Eye, desde luego, no. En una divertida parodia de la última edición, lo identifican con Keith Mart, el personaje central, y dicen tener fe en que algún día pueda escribir una novela ligeramente convincente. Mientras tanto, The Telegraph ha ido en busca de Gloria Beautyman, la mujer sexualmente voraz que acosa a Keith en el baño compartido del castillo italiano en el que los personajes pasan el verano de 1970. El periódico propone como candidatas a un grupo de novias de juventud del escritor, incluidas Tina Brown, Emma Soames, Julie Kavanagh y Angela Gorgas. Amis lo niega:

                    Esa es la manera más rudimentaria de leer el libro, pero es más bien culpa mía al decir que iba a ser totalmente autobiográfico. Sólo le ha dado a Keith mi estatura y mi año de nacimiento: 1.70 metros y 1949, es todo. Y las cuestiones referentes a mi hermana.

Su hermana Sally era alcohólica y murió en el año 2000, con 46 años, y, según una cruel frase de Amis en referencia a sus últimos años de vida, era "patológicamente promiscua". En “La viuda embarazada”, Sally renace como la hermana menor de Keith, Violeta: una mujer dolida, bebedora habitual, siempre envuelta en relaciones violentas y desesperanzadas. Amis alguna vez explicó el caso de Sally como víctima de la liberación sexual de los años 60; su madre tomó distancia de ese razonamiento y también él parece reconocer que era demasiado simplista.
                 Mi hermana se habría esforzado en cualquier sociedad. Todo lo que la revolución sexual hizo por su destino fue ofrecerle un entorno y un estilo peculiares."

¿Y siente que le falló en algún modo?

                 Hasta cierto punto sí. Debí dedicarle más horas, lo siento así. Mi hermano -Philip, artista, un año mayor que Amis- dedicó muchas más que yo; mi madre puso infinitamente mucho más que yo; y mi padre en realidad tenía cierta dependencia de ella por esa época. De todos modos, no reaccionó ante nadie. Me sentía bien cuando le daba algo de dinero que le servía para salir de algunos problemas o poner parches en su vida, pero todo indicaba que cualquier cosa que no fuera dedicarle todo no habría significado gran diferencia.

Amis cree que el libro puede ser atacado por grupos feministas, esencialmente porque en él se sugiere que la revolución sexual posibilitó que las mujeres empezaran a comportarse de manera contraria a su propia naturaleza, convirtiéndolas en chicos arrogantes (el adjetivo más común en la novela para designarlas) y narcisistas. Sin embargo, insiste en que ha escrito un libro feminista.



               Yo he sido una feminista convencido desde los 80. En Nueva York, Gloria Steinem fue capaz de convencerme en un solo día. Y lo logró utilizando una única figura retórica, una muy eficaz: sólo invierte los sexos: ¿qué pasaría si los hombres tuvieran la menstruación, qué si los hombres fueran quienes tuvieran los niños? Es incontestable.


Lo que le defiende es un "arreglo digno" entre hombres y mujeres. Antes de los años 60 las mujeres eran en gran parte ciudadanos de segunda clase confinados al hogar. Luego se liberaron, económica y sexualmente -una revolución que produjo mucha ganancia y alguna pérdida.

           Todas las decisiones difíciles recaían en las mujeres. Los hombres no tenían necesidad de cambiar. Sólo estaban ligeramente al tanto de que se estaba produciendo un cambio y se preguntaban cómo iba a ir. Pero las mujeres tenían un papel difícil. Hubo una fase igualitaria, que es la que ocurre en la época cuando se desarrolla el libro y en la que ambos sexos eran iguales –esa era la ridícula ortodoxia. Pero creo que las chicas no tenían otro modelo que el de los hombres, así que comenzaron a comportarse como hombres y aún siguen haciéndolo. Algunas lo afrontaron bien, otras no, sus corazones no estaban por la labor.

En un pasaje de la novela, Keith se encuentra con Rita cuatro décadas después del verano de 1970 y le pregunta si finalmente había tenido los diez hijos que entonces decía querer. "Creo que me olvidé de eso", dice y rompe a llorar. Amis dice que entre las mujeres de su generación

             había un montón de Ritas que pusieron mucho énfasis en la recreación y el entretenimiento, que no se casaron ni tuvieron hijos.

Amis, sin embargo, se empeña en asegurar que no pretende atacar los años 60, la revolución sexual ni la emancipación de la mujer. Más bien, lo que intenta señalar es que todas las revoluciones transcurren en etapas y producen víctimas.

Desvincular la realidad y la ficción en “La viuda embarazada” mantendrá ocupados durante meses a los escrutadores literarios. Rob Henderson, gran amigo y ex compañero de piso que finalmente terminó en la cárcel y murió en 2002, está inmortalizado como Kenrik, el alter ego hermoso, iletrado y amoral de Keith. El poeta Ian Hamilton es Neil Darlington. Hay muchos ecos de la vida ficcional de Keith en las memorias de Amis publicadas el año 2000. Entonces, ¿es autobiográfica o no?

             Los únicas figuras que se puedan asociar a personas reales es porque esas personas están muertas. Esa fue la regla.

¿Es Keith aquello en lo que se podría haber convertido Amis si hubiera conservado su empleo en la agencia de publicidad J. Walter Thompson en lugar de decantarse por la carrera literaria? Keith, aspirante a poeta, hace lo contrario: opta por la publicidad y la liquidez inmediata.

              Hay un poco de eso.

¿Por qué, después de haber rastreado en su vida tan conmovedoramente en “Experiencia” -el divorcio de sus padres, la muerte de su padre, el descubrimiento de que su prima Lucy Partington había sido una de las víctimas de Fred West-, vuelve al tema desde la ficción? Amis habla sobre el crecimiento vital que se descubre a partir de los cincuenta años. “Hay una presencia enorme e insospechada dentro de tu ser", dice en “La viuda embarazada”, “como un continente por descubrir.” Quería recorrer una ruta a través de este tema.

             Pensé que podría haber una forma narrativa de tratarlo, pero fue un gran error. John Banville me dijo que era imposible, y así fue.

Salvo que, a pesar de las protestas de Amis, lo que ha aparecido remite estrechamente a vida. La parodia de Private Eye es graciosa porque contiene una verdad.

La imagen que más se retiene de Martin Amis es la del chico malo de la literatura con un cigarrillo colgado a sus gruesos labios, algo así como el Mick Jagger de la narrativa. Sin embargo, cuando uno lee “Experiencia” siente toda su vulnerabilidad. Allí describe cómo se sentía en el funeral Lucy Partington, en el verano de 1994.

              Yo nunca había experimentado la miseria y la inspiración en una combinación tan pura. Mi cuerpo se constreñía a mi corazón.

En “La viuda embarazada”, Keith no se realiza como poeta porque no es capaz de conectar pensamiento y emoción,  “la década de broma” de los años 70 había arrasado al sentimiento. Amis está fascinado por la forma en que él mismo ha cambiado desde principios de los 90, época en la que admite tuvo su crisis de madurez. En su forma más simple: descubrió la pureza del amor, el amor sin ego -la esencia de esa "experiencia de la transfiguración"- en el funeral de su prima. Las mujeres y los reconocimientos de los primeros años se convirtieron en redentores.

Hoy el escritor aparenta ser totalmente feliz con Fonseca, como un reflejo de la dicha que encuentra Keith con su tercera esposa Conchita. Mientras hablo con él llegan sus hijas, llaman a la puerta de salón y le muestran con orgullo un gatito que llevan como un premio en una sábana blanca. La interrupción dura sólo unos minutos -son unas niñas educadas, casi adolescentes que hablan con acento americano-, y disfruto la escena, el recordatorio de que incluso los grandes escritores tienen sus rutinas y deberes familiares.

Este es su segundo matrimonio. El primero fue con Antonia Phillips, con quien tuvo dos hijos que ya tienen más de veinte años, y terminó en 1993. Tiene además otra hija, Delilah, nacida tras de un breve romance con Lamorna Seale, en 1974 y con quien no tuvo ninguna relación hasta que cumplió 19 años. Delilah tuvo un hijo en 2008, lo que conviertió a Amis en abuelo -"es tan poco cool”. También está en contacto con la hija de Sally, Catherine, que fue adoptada desde muy pequeña porque Sally era incapaz de cuidar de ella. La vida de Amis es más densa de lo que cualquiera de sus novelas podría aspirar a ser.

The Bookseller
describe “La mujer embarazada” como un regreso a la forma.

                    ¿Qué es esa mierda del regreso? Nunca se había ido. Regresar a la forma se va a convertir en una especie de slogan, a no ser que se vaya al otro extremo y digan “una nueva escalada de la decadencia”.

Hay que pasar por encima de esas cosas, le digo.

                  Estoy harto de pasarle por encima a las cosas. Siempre he estado pasando por encima.

Se podría llegar a pensar que no le interesa la aprobación crítica o del público, o la falta de reconocimiento de los jurados de los premiso Booker, pero sería muy alejado de la verdad. Recuerda las reseñas de Pero Amarillo como especialmente amargas y lo asemeja a tener la gripe durante una semana. Cuando le recuerdo el famoso ataque del novelista Tibor Fisher al libro –“'Perro amarillo' no es malo al estilo de no es muy bueno o ligeramente decepcionante. Es malo de modo absoluto, es como cuando sorprenden a tu tío favorito masturbándose en el patio del colegio"-, la ira de Amis es evidente.

                  Todo lo que Tibor Fischer hizo fue dejar claro que se podía decir absolutamente cualquier cosa sobre este libro. No fue sólo una reseña. Cualquiera que pudiera sostener un lápiz quería intentarlo. Espero que no haya otro momento como aquel en mi vida.

Amis asegura que en los noventa se convirtió en aquel de quien se podía decir cualquier cosa. Su divorcio, el cambio de quien fuera su agente por mucho tiempo Pat Kavanagh por otro que trabaja desde Nueva York, Andrew "el chacal" Wylie, el consecuente desencuentro con Julian Barnes, esposo de Kavanagh, y el exagerado adelanto solicitado por el libro The Information (supuestamente para pagar el arreglo de sus problemas dentales); todo esto combinado lo convirtió en una celebridad literaria, un objetivo a derribar. Su fascinación con el 11-S y el deseo de dar argumentos contra el terrorismo –en 2006 declaró al Times que la comunidad musulmana tendría que sufrir hasta que solucionaran sus cuestiones internas- hicieron que su figura fuera aún más célebre y controvertida. ¿Por qué regresa con tanta frecuencia a los sucesos de 11 de septiembre?

                      Nunca creí que un hecho de tal magnitud ocurriera en mi vida.

Ve al islam como una forma de tiranía, similar al Nacismo que trató en Time´s Arrow y el estalinismo que atacó en Koba  the Dread. Ha sido acusado de dar un giro a la derecha (“convirtiéndose en su padre” es la expresión que usan sus críticos), pero lo niega y asegura que lo que describía en The Experience –izquierda libertaria del centro- se mantiene.

En ocasiones sus incursiones en todo tipo de controversia genera más calor que luz, pero esto puede ser, según él mismo, el rol democrático del novelista.

                      Cada vez estoy más sorprendido por lo diferentes que son el novelista y el poeta. Ahí está el soneto “El novelista”, de Auden. Los poetas ‘arrasan como húsares’, pero el trabajo del novelista es estar con lo aburrido, lo feo, lo sucio. Desde su ser, tanto como le sea posible, entiende los males de todos. Para ser novelista debes convertirte en todos y los poetas nunca llegan a salir de sí mismos.

Me pregunto si Amis, como su padre, nunca ha escrito poesía.

                      He escrito y publicado un par de poemas. Siempre que Kingsley creía que se me iba de las manos, me decía: ‘no acabo de ver ese primer libro de poemas, lo intento, pero no lo veo; es muy desconcertante’.

Texto original en inglés: Aquí 

6 jun. 2012

Philip Roth: La contravida

Lo enlatado triunfa. Y lo hace incluso en los márgenes literarios -incluso en los márgenes que pretenden trascender hacia la literatura como arte.

Al leer a Philip Roth, no obstante, la percepción literaria se aleja de los grandes consejos enlatados -léase escuelas, cursos, talleres, etc. Philip Roth es uno de los pocos narradores originales y sinceros que queda escribiendo por ahí. Su obra se basa o transcurre dentro del “tema judío”-ya sea de manera directa (“Operación Shylock”) o indirecta (“Me casé con una comunista”). Precisamente el principal reparo que personalmente pongo a la obra de Roth es que por momentos llega a ser “demasiado judío”, aún cuando a través de sus personajes, él mismo se declara no religioso -pero lo judío no está ligado solamente a la religión.

“La contravida” -como otras novelas de su (o de uno de ellos) alter ego, Nathan Zuckerman- se desarrolla también en una ambiente judío o de lo judaico. Aún cuando ni Nathan ni su hermano Henry son presentados al lector como religiosamente comprometidos, la obra en su desplazamiento Newark - Israel - Nueva York - Inglaterra, va representando cada vez con mayor fuerza la condición judía de los personajes: Henry termina discípulo de la cara más radical del sionismo; Nathan Zuckerman llega a enfrentarse a su mujer goy, “gentil”, por la posibilidad de que su hijo pueda ser bautizado en lugar de circuncidado.


Gran parte de la temática de “La contravida” se centra en las contradicciones y esencias del judaísmo y Roth nos las muestra recorriendo todos los espectros posibles desde la violencia y el alegato razonado, hasta la conducta del propio Zuckerman, pasando por el joven que encuentra en el muro de las lamentaciones y que en esa parte de la novela tan descabellada que es "Intermedio" pretende secuestrar el avión en favor de una absurda reivindicación.

Sin embargo, este libro, como la mayoría de las novelas de Roth trasciende el hecho particular y se va a explorar asuntos de esos a los que se les imputa la categoría de trascendentales. Para generalizarlo, con esa tendencia que tenemos hacia la simplificación de las complejidades, “La contravida” explora las posibilidades vitales, sus constantes y probabilidades; incluso desborda los límites de la verosimilitud con una contundencia inusual.

En la primera parte de la novela se relata el funeral de Henry Zuckerman, que ha fallecido en una operación a la que se ha arriesgado con el fin último de recuperar la potencia sexual y poder seguir viviendo su aventura. Henry, sus secretos, sus recuerdos, desfilan ante nosotros desde el punto de vista de Nathan, el hermano escritor y emotivamente peligroso.

En la segunda parte, no obstante, no encontramos con que Nathan es enviado a Israel en busca de su hermano, que ha sobrevivido a la misma compleja operación y se ha marchado definitivamente a “Judea”, a un asentamiento israelí en las proximidades de Hebrón.

No hay, entremedio, antes o después, aclaración o solicitud de comprensión alguna. El autor no pide disculpas, no se inventa ninguna rama salvadora en el precipicio, no ve la necesidad de redimirse. Sencillamente plantea las situaciones de esta manera, nos dice así es como son las cosas, o así podrían haber sido, estrictamente de las dos maneras: Henry ha muerto; Henry ha sobrevivido.

Pasado el primer momento de extrañeza no nos sentimos alarmados, ni siquiera levemente contrariados. Comprendemos que así debía ser contada esta historia, que así tenía que ser contada.

En la cuarta y quinta partes de la novela Roth gira un poco más la tuerca: Nathan Zuckerman padece una enfermedad coronaria y vive una relación platónica con María. No pueden tener sexo porque los medicamentos que toma le provocan impotencia y la única salida posible a esta situación es someterse a una operación para remediar la dolencia. Las misma situación en la que antes se nos ha presentado a Henry; la motivación sexual idéntica que Nathan -el otro Nathan, el que hubiese sido si ocurriera todo como en la primera parte de la novela- reprocharía a su hermano.

Nathan Zuckerman muere y Henry, que sigue residiendo en Newark con su familia y a cargo de su clinica dental, soporta el funeral, el panegírico literario leído por el editor -después se descubrirá que ha sido escrito por el propio Nathan-, las frases y reproches de algunos asistentes. A la salida del funeral Henry logra colarse en el apartamento de su hermano previo soborno a una casera hidrocefálica y esquiva. Descubre allí que Nathan ha estado escribiendo sobre él, sobre ellos y conscientemente destruye el manuscrito -a día de hoy no he encontrado a nadie que haya quedado satisfecho con la literaturación de su propia identidad-, sabedor como es de que no hay ninguna posibilidad de que se publique, de que llegue a la vista de la gente, que anden sus vergüenzas pululando por las ciudades, apiladas en librerías, bibliotecas y centro comerciales. Mientras, el lector está al tanto de todo desde hace doscientas páginas atrás. Ya hemos leído lo que Henry destruye, por lo que sufre, suda, miente. Y Henry se nos presenta del mismo modo que Nathan lo ha referido en varias partes del libro: apocado, vencido; y ésta la derrota definitiva.

Roth nos recuerda el sinfín de posibilidades que nos brinda la existencia. Y más, recuerda que existe una ironía universal e inmanejable que tuerce, juega con las realidades, las exprime: nadie sabe que esperar después de la siguiente esquina. Henry y Nathan intentan reponerse de la impotencia, arriesgan y mueren. Pero, nos plantea Roth, en caso de que hubieran sobrevivido: Henry bien podría olvidar completamente el motivo que lo había llevado a arriesgar su vida -recuperar algunas jornadas sexuales con la asistenta de la clínica-; Nathan haber comprendido que María, su esposa, era demasiado diferente a él como para que ambos se amoldaran al otro y terminaran viviendo la eterna vida feliz con la que habían soñado y por lo que había llegado a arriesgar todo.

Lo enlatado está de moda, triunfa, pero la literatura -el arte- no tiene límites.

2 jun. 2012

De novelas


Me han enviado una novela. El autor me la ha firmado y ha asegurado que me gustaría. En principio, esa aseveración, de por sí me hizo que la demorara en mi lista de lecturas: presupone una falsa idea de que me conoce de alguna manera y otra de que cree que su novela es merecedora de que a alguien le guste. Porque esto último se presupone una prerrogativa única del lector y un  derecho que el autor, aun cuando lo crea, debe callar. Pero he aquí que un día uno está afónico, lo que redunda en su ya poca disposición para entablar conversaciones, se va a sentar a leer y no tiene NADA a mano. 


Leo: “Aspiro fuerte. La coca me entra del tirón. Me llega hasta el fondo del alma. 
Por el espejo retrovisor veo los asientos traseros del coche de papá y recuerdo a Angie comiéndome la polla, aparcados aquí, en el cerro de Montigalá. 
Creo que nunca más me la va a chupar.”

Cierro el libro y me pongo a hacer cualquier otra cosa. Colgar un cuadro.

Más tarde se me ocurre un mensaje que nunca le enviaré el autor: para superar este comienzo, hay que meter mucha polla y mucha cocaína en las trescientas páginas restantes. Ninguna de las dos cosas me interesa.