30 jul. 2012

¿Quiénes son ustedes?


Se suponía que iba a ver morir a mi padre, que heredaría el dinero que ganó y guardó en silencio para nosotros, llenándose las manos de callos, construyendo paredes y esas cosas que a nosotros no se nos dan bien, que habitaría la casa que él me construyó paso a paso, con el tiempo y un ganchito. Se suponía que sería algo así como su sucesor, que estaría allí para mi madre cuando llegara a anciana, que abrazaría a mi abuela que se resiste a todo, contra todo y ve desfilar ataúdes de hijos, de nietos. Se suponía que, por ejemplo, cuando muriera mi primo Gilberto, alzaría su cuerpo y lo dejaría caer en aquella sepultura familiar que siendo niño ayudé a construir, que antes de morir le recordaría sus hazañas, sus locuras, como aquel día que tanto lo admiré cuando subía en su bicicleta la montaña y yo me tenía que bajar, subir andando, soportar su mirar atrás burlón. 

Esas cosas se suponían, y otras, que no serán. Porque a uno le dio por esto de vivir entre extraños, de querer a extraños, odiarlos, soportarlos. Y aquella gente que salvo milagro nunca veré, sigue suponiéndole a uno esperanzas, una especie de no nos dejes caer: en el olvido.


25 jul. 2012

La tarde se deshace...



La tarde se deshace de los mantos de la vejez y se levanta del sillón, de un salto, como una gimnasta. No puedo vivir por ti, nadie puede. La tarde y tú se amontonan como coches viejos en un desguace, troceados pero reconocibles: se logra atisbar aún el concepto que los contuvo. Un coche. Tú.

Nada será igual. Nunca nada será igual. Es por eso que dicen aquello de la nostalgia ("la nostalgia es una hermosa puta que se ofrece, que no podemos pagar"), la muy puta.

Y la tarde se marcha dando saltos, dejándome a mí sus mantos, su sillón.



23 jul. 2012

Tobias Wolff: Aquí empieza nuestra historia

Traducido por The Galimatías
Tomado de The New York Times

Por Michiko Kakutani
Marzo 28, 2008

Los personajes en la obra de Tobias Wolff suelen ser cuentistas y mentirosos compulsivos. Moldean sus vidas hasta que logran convertirlas en melodramas, inventan o embellecen a las personas, sueñan mundos fantásticos o convierten sus respectivos pasados en anécdotas de confesionario. Algunos intentan dar la impresión de ser mucho más interesantes a fuerza de adornar la verdad; se inventan identidades falsas para embaucar a los demás; fantasean como una posibilidad de escape a la banalidad de sus vidas. En manos de Wolff, estos personajes se convierten en alegoría tanto de la necesidad de ordenar el caos de la existencia diaria, como de la propia escritura:

El chico que se inventa historias de manera ininterrumpida, cuenta que su madre, perfectamente sana, ha estado tosiendo con sangre, o que él realmente es hijo de unos misioneros, que nació y se crió en el Tibet (“El mentiroso”). El estafador a quien dos hermanos recogen en la carretera y trata de venderles acciones de una mina de oro en Perú. (“El hermano rico”). La profesora que lee a sus estudiantes la extensa “Rima del marinero de antaño” y la plantea a modo de metáfora de la manera en que ella misma delató a sus amigos en Praga, varias décadas atrás (“La estudiante madura”). El hombre que vive una vida alternativa, paralela a la conocida por quienes le rodean –una especie de “qué pasaría” en el que él nunca habría dejado su pueblo natal para ir a vivir a Carolina, en el que habría terminado con la chica de la que estuvo localmente enamorado en secundaria.



Esta colección de relatos nuevos y antiguos nos recuerda que la escritura de Wolff se basa en los métodos narrativos tradicionales. Hay algo ligeramente pasado de moda en muchos de estos cuentos. El lenguaje utilizado habitualmente por sus personajes es un tanto anticuado, las historias tienden a presentarse ordenadamente en sus presentación, nudo y desenlace, con deliberados giros irónicos al modo de O. Henry. El lector se siente atraído por argumentos peculiares e intrigantes, y finalmente es atrapado por los pequeños detalles y destellos físicos y emocionales que Wolff dispersa como migas de pan. La prosa es tan vívida y entretenida que el lector usualmente sólo es capaz de notar lo artificial cuando ha terminado la lectura.

En “En el jardín de los mártires norteamericanos” una profesora que ha tratado de conservar su carrera intentando no entrar nunca en posiciones controvertidas, se da cuenta de que le han gastado una broma con una oferta de trabajo falsa y reacciona dictando una exagerada conferencia sobre indios con garrotes, lanzas, arpones y redes persiguiendo a la gente y dándoles caza. En “La cadena” un hombre llamado Gold le tiene que devolver el favor a un amigo –quien ha matado al perro que mordió a la hija de Gold- y termina provocando una cadena de imprevistas y trágicas consecuencias. Y en “Avería en el desierto, 1968” un automóvil familiar se rompe dentro de un pequeño garaje en medio de la nada. Cuando el esposo se dirige al pueblo cercano y lo recoge un equipo de cine, llega a contemplar la posibilidad de abandonar a su esposa e hijo en el desierto para ir a buscar una carrera en el mundo del cine.

Como saben los lectores habituales de Wolff sus personajes tienden a ser vagos, inadaptados, desarraigados: el desafortunado, el decepcionado, el perdido, el detestable.. Saben que sus sueños, ya sean llegar a triunfar en Hollywood o estar con la chica de sus sueños, están fuera de alcance; o se sienten llenos de ira y odio contra sí mismos porque son gordos, o no tienen suerte, o se avergüenzan por la falta de solvencia o por la poca prospección de futuro. Pasan mucho tiempo reflexionando sobre sí mismos, pensando si es mejor vivir a tope y acabar en un estallido o si en cambio lo mejor es vivir tranquilamente y acabar en un suspiro.

El gordo perdedor que le dispara a uno de los amigos que se burlan de él en una cacería; el buscador espiritual que acumula grandes deudas y es expulsado de la comunidad religiosa; el triste soldado que se une al ejército con el objetivo de castigar a su madre por haberse casado con un antiguo maestro suyo; el desgraciado que envidia la novia de su mejor amigo; el imbécil que se hace amigo de un carterista y, como es predecible, pierde su billetera. Esta es la muestra de los desafortunados sobre los que pone su mira Wolff.

En historias menores, estos personajes son sencillamente aburridos y deprimentes –ante ellos generalmente se adopta un aire de condescendencia cansada. En las más logradas, sin embargo, como ya hizo Wolf en “Vida de ese chico”, demuestra su habilidad para escribir sobre la desgracia y la supervivencia en una afortunada combinación de compasión y humor, representando tanto el reconocimiento del abismo –“donde las heridas no sanan y las cosas nunca se solucionan”- como la determinación obstinada de, en cierto modo, navegar lo mejor que pueden alrededor de tan profunda sima.




Artículo original en inglés: Aquí

19 jul. 2012

Gay Talese: “Retratos y encuentros”

Pretendía comentar el libro “Retratos y encuentros” de Gay Talese. Quienes conozcan otros trabajos suyos (“El reino y el poder”, “Honrarás a tu padre”, “La mujer de tu prójimo”) sabrán. Quienes no, quizás les sirvan estos fragmentos narrativos que algunos también catalogan como periodismo:


"No puedo mirar a los ojos a nigún boxeador porque… bueno, una vez miré a los ojos a uno. Fue hace mucho, mucho tiempo. En ese entonces yo debía estar con los amateurs. Y cuando miré a mi contendiente vi que tenía una cara tan simpática,,,. Y él me miró a mí… y me sonrió… ¡y yo le sonreí! Fue raro, muy raro. Cuando un tipo es capaz de mirar al otro y sonreír de ese modo, no creo que tengan nada que hacer peleándose." (El perdedor)

"Cuando Sinatra llega, Jacobs le sirve la cena en el comedor. Luego Sinatra le informa que puede irse a casa. Si, en una noche como ésas, Sinatra llegara a pedirle a Jacobs que se quedara un poco más, o que jugaran una manos de póquer, él lo haría gustoso. Pero Sinatra nunca se lo pide." (Sinatra está refriado)

"Pero me gustaba golpear individuos porque  era lo único que podía hacer. Y fuera o no el boxeo un deporte, quería hacer de él un deporte porque era algo en lo que yo podía triunfar. ¿Y cuáles eran los requisitos? Sacrificio. Eso era todo. A alguien venido de la sección de Bedford-Stuyvesant de Brooklyn, el sacrificio le resulta fácil. Así que seguí boxeando y un día me convertí en el campeón de los pesos pesados, y conocí personas como usted. Y usted se pregunta cómo hago para sacrificarme, cómo puedo privarme de tato. No se da cuenta de dónde vengo, esp es todo. No entiende dónde estaba yo cuando me embarqué en esto." (El perdedor)

"Es la ciudad de Michael McPadden, quien se sienta detrás de un micrófono  en una caseta del metro de Times Square y grita en una voz que oscila entre la futilidad y la frustración; “Cuidado al bajar, por favor, cuidado al bajar”. Imparte ese consejo 500 veces al día y en ocasiones quisiera improvisa. Pero rara vez lo intenta. Desde hace tiempo está convencido que la suya es una voz desatendida en el bullicio de las puertas que golpean y cuerpos que se estrujan, y antes que se le ocurra algo ingenioso para decir, llega otro tren de la Grand Central…" (Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas)

"El cuidado que pone a sí mismo puede medirse desde las uñas arregladas hasta sus botas de puntera cuadrada, que no tienen raspaduras y brillan suavemente, sin el inmaculado pulimento de un criado. Pero su barba parecía pertenecer a otra persona y otra época. Es excesivamente larga y descuidada, Los mechones blancos se mezclan con los negros descoloridos y le cuelgan por el frente del uniforme como un sudario viejo, curtidos y resecos. Es la barba del monte. Castro se la soba todo el tiempo, como si tratara de resucitar las vitalidad de su fibra." (Alí en La Habana)

14 jul. 2012

Valor


El pasado 26 de junio, el Tribunal Regional de Colonia, Alemania, dictó una sentencia que considera que la ablación del prepucio por motivos religiosos es una herida intencional y, por lo tanto, ilegal: "el derecho de un niño a su integridad física prima sobre el derecho de los padres". Es decir, prohibió la circuncisión de menores.

La sentencia ha despertado fantasmas que muchos alemanes siguen temiendo. Los judíos aún más. Funcionarios del gobierno alemán y autoridades sanitarias han comentado el suceso: estudian el dictamen con detenimiento.

Mientras tanto, una curiosa imagen se pude ver esta semana en puntos de Berlín y Bruselas, donde se reunieron organizaciones de judíos y de musulmanes para protestar juntos contra la decisión.


En las notas de las agencias de prensa se puede leer un dato: en Alemania viven alrededor de 4 millones de musulmanes y de 120 mil judíos.

Y mientras leía la noticia en diferentes fuentes, pensaba: 120 mil judíos, ¡hay que tener cojones valor!

10 jul. 2012

Escapar


La cosa está dura. El Consejo de Ministros del gobierno español del próximo viernes, sin haber ocurrido, ya tiene a más de uno cagado de miedo aterrorizado temeroso. Cualquiera que sea el área donde desenvuelve su trabajo (si lo hubiera, en todo caso) –incluso el funcionariado, que por primera anda en eso de fijarse en las barbas de su vecino-, habrá escuchado que la cosa está dura: sabe de qué va, no se vende, no se contrata, sobramos la mitad de nosotros en casi todos los sitios –incluso últimamente percibo más relajación entre los parados, por aquello de quien nada tiene, nada pierde, que en los que aún conservan la fortuna de tener que levantarse todos los días a cumplir y aguantar que las empresas los puteen avasallen.

A la mente de más de uno llega por estos días el instinto con voz de Pepe Grillo, repite un infinitivo: escapar.

Pero escapar cómo, escapar adónde.

Porque en ocasiones esto de escapar termina cansando. No es que a uno le duelen las piernas como después de haber corrido diez kilómetros. No es que uno tenga deseos de sentarse, poner los pies en altura, encender la televisión y abrir una cerveza. Cansa como contar estrellas.


En aquel cuento tan famoso de mi alguna vez sobreadmirado Hemingway –ahora sólo lo admiro-, le preguntaban a Ole Andreson: "¿No podría escapar de la ciudad?" 

"No” contestaba él. “Estoy harto de escapar."

5 jul. 2012

Comic Sans


Hace 20 años los tipos de letras (fuentes, les llaman) no era algo que interesa mucho, siquiera poco. A uno le ponían una impresión delante y la miraba, incluso la leía; lo más que se interactuaba con los tipos era aceptándolos o no.


Sin embargo, llegó un momento en que comenzamos a escoger. Así nombres como Times New Roman, Arial, Garamond, Tahoma, Cambria comenzaron a formar parte del léxico diario y el asunto dejó de ser privado de linotipistas y diseñadores.

En 1994, Vincent Connare, empleado en Microsoft como “ingeniero tipográfico”  decidió crear un nuevo tipo de letra basado en el estilo de los libros de cómic. El tipo de letra se lanzó posteriormente dentro de Windows 95. Según cuentan su idea original era usarla en Microsoft Bob (aplicación de la compañía que se lanzó en 1995). La interfaz tenía situaciones y personajes que “hablaban” y para ello usaba el tipo de letra Times New Roman. Así que Connare decidió crear otro, sencillo y divertido, que se adaptara mejor al entorno de la interfaz: se llamó Comic Sans.

Desde aquí hasta convertirse en un fenómeno global. Cuando le preguntaron a Connare porqué había funcionado tan bien contestó: “porque en algunos casos es mejor que Times New Roman, por eso”.

Tarjetas de felicitación, hojas colgadas de los tablones de anuncios, todo tipo de mimosidades. Durante años, el sobreuso del tipo de letra fue evidente, tanto que hemos llegado al punto de desplegar toda una campaña para acosarlo, mancillarlo, prohibirlo. 

Nótese el revuelo que causó ayer en las redes sociales que el CERN presentara el resultado de sus investigaciones sobre el bosón de Higgs con un powerpoint escrito en Comic Sans.

La gente es muy rara.

Porque yo me pregunto, seriamente, dejando a un lado a quienes añoran su minuto de fama, trolls y en general a la niñería aletargada que pulula por la red: ¿a quién coño le puede importar?

2 jul. 2012

Lo que nos queda por vivir

Hoy, en un domingo más de trabajo, mal pagado como cualquier trabajo que se haga un domingo, me dio un pequeño dolor en el pecho. Uno de esos dolores que acojonan siempre. Me quedé mirando la pantalla del ordenador y me pregunté qué tal si los siguientes segundos fueran todo lo que te queda por vivir.
Una putada, apenas. A mucha gente le ha pasado y no han podido siquiera pensar en ello.
Después vino España y ganó la Eurocopa, hubo cantos, jolgorio en las calles de un barrio de Barcelona y la siempre inquietante imagen de una bandera que ondea desde una mano sin cuerpo asomada por la ventanilla de un coche.
Y me acordé de Omara Portuando, esa mujer que nunca me cayó bien, pero que cantaba esta canción que tarareé durante todo el trayecto hasta casa y que escuché después, acompañando un café y un cigarrillo.