18 feb. 2013

75 segundos

Sé que ese hombre va a morir.

Para ser exactos, ya ha muerto, hace quizás un año, dos. Para mí es como si estuviera ocurriendo ahora.

Debe rondar los 55 años de edad, tiene el pelo blanco, tupido, y su cara… Su cara no expresa nada, vacía, no sé si ha sido así siempre, si fue de por sí un hombre inexpresivo o es consecuencia de la situación, de los calmantes que se tomó esta mañana o resultado de esta noche sin dormir, imaginando cómo ocurriría todo, llorando o vacío de lágrimas. Me he acercado tanto como he podido. He intentado suponer, escuchar algo en su rostro. Al fin y al cabo es lo más cercano que he estado  a eso de hablar con los muertos.

Trae algo en sus manos, quizás unos papeles, una carta, una justificación; y una cuerda que se me antoja demasiado corta, demasiado fina, la cuerda menos apropiada, podría parecer. 

Intenta atarla a la parte superior de la puerta. Se detiene porque pasa algo, alguien, un posible salvador, un posible incordio. Que siempre hay gente por ahí que la jode creyendo que nos salva.

No puede, la puerta no parece una decisión acertada. Y pienso: esperanza. Aunque sepa que va a morir, que ya ha muerto, respiro, siento cierto brote de alivio.

Ahora lo pierdo. Se las apaña para subirse sobre algo e intuyo que está atando la cuerda al techo. Veo, presiento más bien, un zapato. En el aire. Se balancea como si levitara.

Y aparto la mirada porque en este preciso momento ese hombre se está muriendo, se muere, se ha muerto.

Y yo seguiré pensando en ello, una semana, dos semanas, mientras miro por la ventana, mientras fumo y noto lo bien que ha quedado el patio o como crece el limonero. Estos 75 segundos suyos de los que me he apropiado.

9 feb. 2013

Memoria

A partir de cierta edad, establecida alrededor de los cuarenta años, si usted se hiciera un riguroso análisis, podría comprobar que su cuerpo está compuesto en un 80% de memoria. Sus órganos dejan de necesitar oxigeno, proteínas, etc. y requieren para su buen funcionamiento una cantidad determinada de esa sustancia.

La memoria, con todos sus defectos, es en determinados momentos de la vida, una especie de salvación, un sustento. Eso de ayudarnos a creer que alguna vez estuvimos vivos, más vivos, o vivos en una manera diferente de vida, pongamos.

Tengo recuerdos muy precisos de cosas que ocurrieron cuando tenía seis años, de un rayón que tenía la pizarra de mi clase de primer grado o de unos determinados pendientes que tenía mi maestra con nombre de personaje de García Márquez: Arcadia México. Sin embargo, de algunas cosas que ocurrieron hace poco, en estado de sobriedad, no está de más decir, apenas logro recordar algún detalle. Y otras, esas de la bruma, esas que uno no puede precisar con exactitud si ocurrieron o no: una nevada matutina en Buffalo, New York; un paseo por el parque España en Rosario, Argentina, en primavera…


Todo esto viene porque hace un par de días me enganché concienzudamente a un disco: Led Zeppelin Rematers. Y estuve recordando una época: mediados de la década del 80.

Mi primo y yo, caracterizados como Bon Scott y John Bonham, respectivamente, nos pateábamos las fiestas de la ciudad con la ilusoria esperanza de que nos pusieran alguna canción de Led Zeppelin o de AC/DC. No ocurría, aunque suplicáramos, aunque sacáramos la maltrecha cinta del bolsillo, aunque pidiéramos por lo menos una de las lentas. Nos miraban como lo que éramos: gente rara. Ellos seguían con sus cosas, que por algo eran sus fiestas, invariablemente escuchando a Van Van, Roberto Carlos y Camilo Sexto.

Bon Scott y John Bonham habían muerto cinco años atrás, cada uno por su lado, pero nosotros no lo sabíamos, ni siquiera necesitábamos saberlo.

Regresábamos entonces a casa del uno o del otro y poníamos la cinta y escuchábamos como posesos, una y otra vez: Good Times Bad Times, Dazed and Confused, Whole Lotta Love, Ramble On, Celebration Day, Immigrant Song, Black Dog, The Battle of Evermore, D'yer Mak'er, No Quarter, Kashmir… Movíamos la cabeza, así en silencio, como afligidos y achacosos. Creo que éramos unos tristes rockeros felices.

Con el tiempo mi primo comenzó a escuchar AC/DC sólo en la intimidad, y yo andaba por ahí diciendo que me gustaban cosas como Enya o Loreena McKennitt. Pasaron los noventas, la primera década de los 2000, y uno hasta puede llegar a sentir cierta nostalgia autocompasiva si por algún sitio escucha mencionar a Van Van, Roberto Carlos o Camilo Sexto.

Y un día, sin previo aviso, de camino al trabajo, incluso podría haber llegado a mover la cabeza rapada, así en silencio, como afligido, como achacoso.

Es que tengo cuarenta años. Y dos. Y dos.

2 feb. 2013

El soldado búlgaro

En 1935, Theodor Ramdom, un carpintero que sirvió en la I Guerra Mundial, se aventuró a escribir unas memorias sobre su participación en la guerra y, en general, sobre su vida, antes y después de ser llamado a filas. El libro se titulaba "Band Saw" –en realidad se titula, porque aún existe, en una redición del año 1997 de la editorial galesa Bloodaxe, habitualmente centrada en la publicación de libros de poesía.

Remito a este libro en particular porque en estos días he recordado una anécdota que se narra ahí. Se trata de la narración de una batalla en la que las tropas británicas cargaron apenas sin municiones contra el enemigo y que finalizó en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, bayoneta contra bayoneta:

“El sargento dio un grito desgarrador cuando uno de los nuestros lo detuvo. No quedaba ningún enemigo, pero el sargento seguía blandiendo el fusil, atacando con fiereza, lanzando andanadas de ira al aire. Cuando reconoció al soldado que se le había acercado pidió perdón y se arrodilló apoyado en su fusil. De la bayoneta colgaban restos de tejidos humanos, su barba tenían un raro aspecto, como de lodo, lodo rojo."
"Estuvimos alrededor de aquel puente cuatro días más. Soportamos el olor de los enemigos muertos mientras comíamos, reíamos o soñábamos con volver a casa. Cuando llegó la orden de seguir camino, al pasar por una pequeña colina, apreciamos el paisaje que dejábamos atrás. Cientos y cientos de cadáveres, cada cual en una pose diferente: dignos, ridículos, todos sorprendidos por una de nuestras balas o nuestras bayonetas."
"Entonces escuchamos unos gritos que surgían de entre los muertos y vimos una mano que se movía allá. El sargento y otros dos hombres se acercaron y cuando regresaron trajeron un herido a hombros. Era un soldado búlgaro que había logrado sobrevivir a nuestra acampada de cuatro días, a las heridas que tenía en el pecho, al hambre, la sed y la desesperación. Muchos soldados se disputaban ya la oportunidad de rematarlo, pero el sargento les dejó claro que respondía por la vida de aquel hombre. Quienes lo habíamos visto matar a decenas de ellos unos días atrás no comprendimos el celo con el que el sargento custodió la vida del soldado búlgaro. El sargento no dijo nada hasta mucho rato después. Dijo: si no hacemos lo necesario para que este hombre siga con vida, jamás me lo perdonaré. Esta vida servirá para que, un día, logre sentirme un buen hombre de nuevo.”


Días atrás, en medio de una conversación quizás demasiado subida de tono, he intentado decir que nadie es bueno ni malo, que todos somos un poco de lo uno y un poco de lo otro, en dependencia de quién lo contemple o a qué situación sea abocado. Sin embargo, mi interlocutor me dijo que parara de decir tonterías. Y yo me callé, no porque creyera que fuera una tontería sino porque sabía que no lo iba a entender, no quería, no podía verse enmarcado en la posibilidad de figurar como una persona que, en determinada circunstancia, puede comportarse de manera horrible.

Es el poco favor que la sensiblería –y no confundir, por favor, con sensibilidad- y todos los lugares comunes que vienen aparejados, le están haciendo padecer a nuestra época. La amalgama de símbolos fútiles que nos transmitimos a diario unos a otros, ha hecho que lo socialmente aceptado o reconocido como bueno se convierta en una representación particular de cada cual, o del grupo al que creemos pertenecer. Yo (nosotros), los buenos; ustedes, ellos, los malos. Ñoñería colectiva. Eso de poner el grito en el cielo por lo malo que son los demás, por la injusticia que padecemos, nosotros tan buenos, tan leales, tan justos.

Lamento echarle a perder la merienda, pero le aseguro que usted, tanto como yo, es un gran hijo de puta. No quiero decir que lo sea en general, a todas horas, sino que cuando la ocasión así lo determina usted sabe ser tan mala personas como eso sea posible.

Lo único que marca alguna ligera diferencia, es que algunos, de vez en vez, intentan salvar una vida que les redima, que les permita soñar con volver a ser, algún día, una buena persona.