30 ene. 2018

Puente de Westminster


© Sandra Medina
     El 22 de marzo de 2017, alrededor de las 14:40 horas, un Hyundai i40 de color gris irrumpió en la acera sur del puente de Westminster y recorrió unos 200 metros sobre esa acera llevándose por delante a cualquier que estuviera por allí. El puente de Westminster, incluso en invierno, incluso con lluvia, está repleto de paseantes, de londinenses haciendo su vida diaria de un lado al otro del Támesis y, principalmente, de turistas que se acercan al Big Ben, a la Abadía de Westminster, al Parlamento, a los embarcaderos o, sencillamente, paseando, mirando las aguas amarillentas del río en su recorrido eterno hacia el mar. 
 
    Pero si eres un turista más, andas a la carrera para ver el cambio de guardia del Buckinham Palace, pasar a echar un vistazo al Museo de Historia Natural y, después, tomarte el metro para ver como es el ambiente en Candem Town; pasas por allí decenas de veces y no recuerdas aquello que viste en las noticias un año atrás, ni siquiera te resultan extraños los exagerados bolardos que han puesto en ambos extremos del puente, en ambas aceras. Miras arriba, quizás, que el Big Ben no se ve por las obras, que hermoso el London Eye de noche, con sus luces azules, hay un gaitero vestido con las ropas folclóricas irlandesas y, cerca del león, hay uno que canta Fast Car. 
 
    Sin embargo, en uno de esas idas y venidas, ves la placa del poema de Wordsworth, haces una mala foto rápida con el móvil y recuerdas todas aquellas cosas que pasaron. Porque los días sucesivos al atentado, además de las reiteradas frases de ánimo, de pena, de dolor, la gente, a través de la redes sociales, estuvo compartiendo también aquel poema de la placa en el puente. La poesía como manera de combatir la sinrazón. O, quizás, la sinrazón poética como manera de mitigar el dolor. Y, creo, que no son cosas que suelen pasar ya. Aunque pasen. 


Composed upon Westminster Bridge, September 3, 1802
Earth has not anything to show more fair:
Dull would he be of soul who could pass by
A sight so touching in its majesty:
This City now doth, like a garment, wear
The beauty of the morning; silent, bare,
Ships, towers, domes, theatres, and temples lie
Open unto the fields, and to the sky;
All bright and glittering in the smokeless air.
Never did sun more beautifully steep
In his first splendour, valley, rock, or hill;
Ne'er saw I, never felt, a calm so deep!
The river glideth at his own sweet will:
Dear God! the very houses seem asleep;
And all that mighty heart is lying still!

Sobre el puente de Westminster
Nada puede mostrarnos la tierra más hermoso:
Torpe de alma seria quien por aquí pasara
Y ante esa majestad absorto no quedara.
Lleva ahora la ciudad el traje esplendoroso

De la hora matutina, y bajo el cielo añil,
Los barcos, torres, cúpulas, teatros, templos, puentes,
Reposan en la tierra, lustrosos, refulgentes…
Todo brilla en el aire purísimo y sutil.
Jamás aún hizo el sol tan grande la belleza
De valles y montañas, del alba al despertar,
Jamás logré sentir tan dulce sensación,
Corre el argénteo río con rítmica pereza;
Las casas aún cerradas parecen dormitar,
Y en el silencio late su inmenso corazón.
(Trad. Fernando Maristany, 1918)


 

25 ene. 2018

Nada de lo anterior

    Mi bisabuelo -a quien conocí apenas, a quien llamaban Pancho el burro, Pancho el isleño, Pancho el hijoeputa, etc.-, me contaron en su día, se sentaba a comer sin lavarse las manos, con el olor de la tierra roja aún en las manos. Mi bisabuela -a quien llamábamos Mamá, todos; a quien íbamos cada año a cantarle feliz cumpleaños, por la noche, a bordo de un camión que apenas podía subir las exiguas cuestas de la Sierra de los Órganos- se quedó ciega con cincuentaitantos años y nunca supieron por qué, ni siquiera se hicieron muchas preguntas, eran cosas que pasaban. Mi abuelo se fugó con mi abuela de casa de Pancho el hijoeputa, usando como medio de transporte una yegua medio enana, la misma que usaba para ir de casa en casa a cortar el pelo de los guajiros, de pueblo en pueblo para tocar el güiro en una orquestica que amenizaba bodas, bautizos y comuniones. En casa de mis otros abuelos, sopa y boniato eran un banquete. 

Tuve quince tíos, cuarenta primos. Algunos han muerto, otros siguen vivos. A unos y a otros no los veo hace ya demasiados años. 

Cuando tenía 14 años, mi madre trabajaba de criada -sirvienta o como sea mejor decirlo-, después fue maestra, muchos años. Mi padre trabajó en el campo con su abuelo y criaba palomas. Un día se hartó y se fue a la ciudad a trabajar en una perrera. Se hizo albañil, capataz, técnico en obras industriales. Cuando le dio el infarto que terminaría con su vida, estaba trabajando, levantando paredes, que era lo que mejor sabía hacer.

Tengo un primo que es como mi hermano, crecimos juntos, nos peleamos de cuando en vez, entre nosotros y contra otros, juntos, nos emborrachamos demasiadas veces, juntos. Tengo un hermano que no sabe que le quiero, o sí lo sabe o lo intuye. Tengo otro hermano que nació el mismo año que yo, nos hemos visto crecer, hacernos adultos, nos hemos soportado, nos hemos observado tranquilamente en momentos muy jodidos y en momentos mejores, nos hemos dicho, o quizás sugerido algún consejo: aprieta el culo y dale a los pedales. Y no hay consejo mejor. 

Cuando tenía once años, fui a buscarle a mi abuela un paquete de tabacos. Iba en mi bici con ruedas de 20 pulgadas. Me detuve un momento porque había una pelea. Vi como a un hombre le levantaban media cabeza con un machete. En una pelea tumultuaria vi a Alicia -una negra que tenía dos hijas preciosas, y una tercera no tan hermosa, pero que fue algo así como una novia-, tirarse encima una cazuela llena de alcohol encendido. El plan, presupongo, era usarlo como arma contra los adversarios, pero un traspiés o algo, la hizo tambalear y quemarse viva. Murió. En el instituto, Jose le corto el brazo a otro chico. Yo estaba por allí y me pidieron que recogiera el brazo. No pude. Fui testigo de una violación y no hice nada para impedirlo. Y G., la chica de la que estaba enamorado -ella a su vez estaba enamorada de un profesor del instituto-, me preguntó una vez por qué le había hecho algo que no le había hecho. Etcétera. Etcétera quiere decir que he visto, escuchado, vivido otras muchas cosas que me han ayudado a ser la persona que soy. Lo que sea que signifique "la persona que soy".

He sentido el cariño de los amigos, el amor de la familia y la soledad más absoluta. He dado un paso tras otro tras otro tras otros, hasta llegar aquí. Lo que sea que signifique "aquí". He hecho daño. Me han hecho daño. He sobrevivido, hasta hoy, de la mejor manera posible. Me ha sido útil haberme creado unas cuantas reglas elementales y ceñirme a ellas de la mejor manera posible. Reglas básicas, antiguas, del campo. 

Soy un tipo del campo, un guajiro con suerte que ha andado de aquí para allá demasiado tiempo. Y, como tío sencillo y directo, lo único que deseo es estar en paz conmigo mismo cuando me miro al espejo, saber a quienes quiero, quienes me quieren y abrazarlos de cuando en vez, una tarde cualquiera, sabiendo que no hay más fidelidad ni entereza ni confianza ni sueños ni futuros, que ese abrazo.

Nada de lo anterior soy yo. Todo lo anterior es parte de mí.


24 ene. 2018

Taladro (una ficción)

    Hay cosas que parecen sencillas. Y no lo son. Clavar en una pared. Quizás usted lo intente y le salga a la primera, pero no es algo que suela suceder. Requiere práctica para que no se termine machacando el pulgar, perdiendo el clavo, rompiendo el martillo. Que esas cosas pasan.

O hacer llegar una carta a alguien. Porque uno puede creer que basta con ponerla en un sobre, pegarle el sello y echarla en un buzón. Pero es mucho más complejo. Piense, si no, en las vueltas que debe dar ese sobre hasta llegar a su destino. Y si lo consigue, si llega adonde se pretendía, hay que considerarse moderadamente afortunado. Todos los involucrados tienen que hacer justamente lo que se espera que hagan: la coloquen en la casilla correcta, la bolsa correcta… Conocí a un hombre que había sido cartero. Lo fue durante tres meses. Cada día buscaba las cartas que debía entregar, iba hasta un puente del río y las echaba al agua. Así durante tres meses. Lo contaba como si fuera algo sin importancia, quizás hasta con cierto orgullo.

Cuando tenía quince o dieciséis años, mi padre intentó enseñarme a conducir. Lo había hecho con mis hermanos mayores y con cierto éxito. Lo intenté, aunque el asunto no me interesaba demasiado. Un día me llevó a una carretera concurrida y, creyendo que ya estaba preparado, me cedió su sitio. Me senté al volante y, antes de salir, viendo como pasaban junto a mí, como se relacionaban unos con otros, tuve la seguridad de que era un espectáculo milagroso; extraordinario que no se estrellaran unos contra otros en absoluto barullo; cientos, miles de vida a expensas de unas manos inseguras, un mal día, un carácter sobresaltado. Algo aparentemente sencillo, natural, pero demasiado cercano al caos. Se lo dije a mi padre y me contestó que no entendía qué quería decir. Nada, que creo que esto no es para mí. Mira que eres inútil, hijo. Y en aquella frase que me repetía con frecuencia, siempre hallaba esa cuota de cariñosa decepción que yo solía traducir en muestra de afecto. 

También me enseñó a taladrar. Lo primero era escoger la broca adecuada. Las había para madera, para metal, para piedra, etcétera. Había que medir, con la mayor exactitud posible, el punto donde uno quería hacer el agujero. Para que no resbalara la broca sobre la superficie, lo mejor era hacer una muesca donde asentar la broca y comenzar taladrando con suavidad. Había que sostener el taladro con ambas manos y presionar con la fuerza apropiada, ni poca ni demasiada, lo justo. Se debía taladrar recto, la broca a noventa grados de la superficie para que no acabáramos haciendo un agujero en diagonal ni se terminara por quebrar la broca. Es lo que digo, parece muy sencillo, pero no lo es.

Muchos años atrás, mi padre se había construido una caseta de madera al fondo del patio. Era su taller. También servía para guardar trastos y montones de cosas inservibles, pero cuándo él se refería a aquel sitio lo llamaba mi taller, siempre. Podía estar horas allí dentro, haciendo sus cosas. Casi nunca sabíamos qué, pero escuchábamos ruidos de máquinas, martilleos, silencios prolongados. Creo que se sentía bien allí, solo, como si fuera su estudio, su despacho, la esquina privada con la que todos soñamos, ese sitio donde los demás saben que no nos deben molestar, donde podemos estar en paz.
No podría haber escogido un lugar mejor. 

Esa tarde mi padre había salido, visitó a un par de amigos y a la abuela. Fueron visitas cortas, de esas de pasaba por aquí y entré a saludar. Cenó con Mamá y parece que hablaron de muchas cosas, de esas aparentemente sin importancia de las que se suelen comentar mientras se come. Se sentó en su mecedora a ver una película de oeste que pasaban en la televisión, Río rojo, El hombre que mató a Liberty Valance, una de John Wayne, en cualquier caso. Cuando terminó la película le dijo a Mamá que iría a terminar algo en su taller. No pasó mucho tiempo hasta que escuchara el grito, corriera a la caseta del fondo del patio y encontrara a mi padre con un agujero en la frente.
Mi padre parecía un tipo soso, pero su último día demostró que tenía mucho ingenio. Usó cinta de embalaje para asegurar el taladro a la tosca mesa de trabajo que él mismo había construido tiempo atrás. Escogió la broca, una de madera, la ajustó correctamente y echó a andar el taladro a máxima velocidad y en el punto de encendido automático. Se puso de rodillas y apretó la frente contra la broca. Debió penetrar rápida y limpiamente. Es probable que se hubiera estado preparando para ello, habría visualizado el momento algunos cientos de veces. A pesar de ello, se le escapó aquel alarido en el último momento. 

Y estoy seguro de que no debió quedar satisfecho.

17 ene. 2018

Tatuaje

 Estaba leyendo este artículo del NY Times esta mañana.
      -No lo sé, le dije."
 Aparte de los motivos que llevan a que una persona se haga un tatuaje, variados, exóticos, profundos, edonistas, está también toda la historia o la referencia que nos evoca. Por ejemplo, con quién estábamos, quién ayudó a escoger la forma exacta, la figura perfecta, qué representaba en el momento de hacerlo, qué recuerdos tristes o hermosos van asociados a él. Muchos de los tatuajes se suelen hacer en momentos importantes de la vida; pueden ser revueltos, plácidos, intensos, ligeros, épocas de cambio, época de logros: importantes. Y así esa importancia será recordada también junto al dibujo en la piel, además de todas esas referencias de las que hablábamos antes. 
Pero, pensaba también, cuando Alana Dakin se miró al espejo, unos meses después, en la casa de un hombre a quien apenas conocía y sonrió, además de a su pareja desaparecida, además de a Ulises y a Polifemo, además de a su terapeuta y al oficial de la policía, recordó también a su tatuador.
No importa si fue simpático o borde, hablador o silencioso, si contaba historias aburridas o exultantes. El tatuador es esa figura casi invisible que nos provoca el placer y el dolor de conseguir un sueño, de materializar una idea que nos rondaba hacía tiempo. Está ahí, encorvado sobre tu espalda, tu brazo, tu viente. Y así estará, durante años.