17 ene. 2018

Tatuaje

 Estaba leyendo este artículo del NY Times esta mañana.
      -No lo sé, le dije."
 Aparte de los motivos que llevan a que una persona se haga un tatuaje, variados, exóticos, profundos, edonistas, está también toda la historia o la referencia que nos evoca. Por ejemplo, con quién estábamos, quién ayudó a escoger la forma exacta, la figura perfecta, qué representaba en el momento de hacerlo, qué recuerdos tristes o hermosos van asociados a él. Muchos de los tatuajes se suelen hacer en momentos importantes de la vida; pueden ser revueltos, plácidos, intensos, ligeros, épocas de cambio, época de logros: importantes. Y así esa importancia será recordada también junto al dibujo en la piel, además de todas esas referencias de las que hablábamos antes. 
Pero, pensaba también, cuando Alana Dakin se miró al espejo, unos meses después, en la casa de un hombre a quien apenas conocía y sonrió, además de a su pareja desaparecida, además de a Ulises y a Polifemo, además de a su terapeuta y al oficial de la policía, recordó también a su tatuador.
No importa si fue simpático o borde, hablador o silencioso, si contaba historias aburridas o exultantes. El tatuador es esa figura casi invisible que nos provoca el placer y el dolor de conseguir un sueño, de materializar una idea que nos rondaba hacía tiempo. Está ahí, encorvado sobre tu espalda, tu brazo, tu viente. Y así estará, durante años.



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