22 feb. 2018

Eso de amarnos


"El rapto de Proserpina" (detalle), Gian Lorenzo Bernin

   El espíritu cristiano –y no sólo católico, por cierto-, esa quimera de occidente más bien falsa, mencionada y repetida, poco creíble, confluye con otras ideologías religiosas en un acercamiento casi despiadado al concepto del amor.

En lengua española al menos, la palabra amor tiene una connotación hiperbólica, algo así como  querer con exageración; además de acarrear más de una connotación sexual. De ese modo, una sentencia del tipo “amaros los unos a los otros” requiere, cuando menos, unos minutos de consideración.


"Va contra natura amar a todo el mundo indiscriminadamente", decían los guionistas de House en boca del doctor. Porque se sabe que amar a una única persona es extenuante, y cuando el amor se cura, uno se suele sentir liberado. No poseemos la energía suficiente para amar a, pongamos, todos los miembros de la familia. La extenuación de mantener esa intensidad de cariño nos mataría.

¿Cómo podemos, entonces, amar a todo el mundo, indiscriminadamente?

No podemos. No se puede amar a diez, cien, siete personas y conservar el juicio.

Sin embargo, sí es relativamente sencillo odiar a diez, cien, mil personas. El odio se nos ha presentado como una emoción mucho más sencilla y fiel.

El sentimiento gremial de la sociedad, el sentido de pertenencia a algún grupo es siempre en contraposición a otros: a otro equipo de fútbol, otra clase social, otra raza, otra ideología, otra estética, otro nivel cultural…

Si, por otra parte, con la frase la intención real fue –eh, que todo es posible-: “follaos los unos a los otros”, podemos considerarlo un predicamento masivamente secundado.

Y no es que involucionemos, flagelémonos lo mínimo, sino que la cosa siempre ha funcionado así. 

Al menos hoy está bien visto que la gente amague con aparentar que se quiere. Incluso parecemos dispuestos a hacer como que nos amamos unos a otros, que nos amamos con todo el odio del que somos capaces.

2 feb. 2018

Rata (una ficción)

    Subía la cuesta para llegar al portal del edificio. Uno o dos metros antes de la rejilla del  alcantarillado, apareció la rata y la rueda delantera de la bici le pasó por encima. Una sensación extraña, como apretar un huevo hervido hasta que revienta, sentir una blandura que no se puede contener y desborda. Se le quedó mirando, un poco sorprendido de la rapidez con que había muerto, sin agonía ni pataleo, algún órgano rebozándole, un simple zip y ya está.

Llegó a preguntarse si tenía algún tipo de obligación, si debía hacerse cargo de recoger el animal. Tirarlo al contenedor de la basura no le parecía apropiado, pero no había otras muchas opciones. Si hubiese sitio podía cavar y enterrarlo, pero por allí el entorno se componía de asfalto y cemento. Además, estaba la cuestión de la imagen; por un momento se vio incluido en una vergonzosa serie de acontecimientos: hombre busca un papel, quizás la publicidad de algún hipermercado que habían dejado en el buzón, agarra la rata por la cola, la levanta, se pregunta si debería también recoger la costra imprecisa que ha quedado en el suelo, mira la rata, pone cara de asco… Se sintió liberado de cualquier responsabilidad cuando llegó aquel coche, aparcó y volvió a aplastar la rata, oculta ahora bajo la rueda posterior izquierda del Megane.

Fue directo a lavarse las manos con la sensación de que habían estado involucradas en aquel asunto y debían ser purificadas antes de pasar a cualquier otra cosa. No le diría nada a ella, y cuando le preguntara viste la rata aplastada frente a casa, contestaría que no, quizás hasta se indignaría un poco, sin exagerar, para no levantar sospechas porque ella solía adivinar ese tipo de cosas, poseía un excesivo talento para detectar mentiras, invenciones y disimulos.

Aunque a aquella hora era habitual que ella y el niño estuvieran allí, no había nadie. Era evidente, aún así echó un vistazo en los dormitorios y el baño. Esperaría un poco y le llamaría para preguntarle si iba adelantando la cena, frase exculpatoria que realmente significaba dónde coño te has metido. Se sentó el sofá con una cerveza y fue cambiando los canales de televisión sin descubrir nada que le interesara o disgustara especialmente. Antes de llegar al último canal había terminado la cerveza y se estaba quedando dormido.

Se despertó con la seguridad de que había estado soñando con la rata. No recordaba qué, pero sabía que en aquel sueño aparecía una rata, la rata. La casa estaba oscura. Ya era de noche cerrada y las luces seguían apagadas. Ella no había llegado aún. Sin levantarse del sofá se dijo a sí mismo que debía irse preocupando con a aquel asunto. 

En el reloj del salón daban ya las diez y cuarto. No había recibido ningún mensaje, ninguna llamada perdida. Ella no regresaría nunca más. 

Todo discurrió sin prisas ni sobresalto. Sencillamente lo dejó estar. Apenas un mes después supo que había dejado la casa de su madre y se había ido a vivir con su nuevo novio, un tipo ridículamente esbelto y de dientes blanquísimos a quien, sabía, el niño terminaría llamando papá. En un par de meses se dio cuenta de que, alejado de la que había sido su familia política, volvía a estar solo, como antes, como siempre. Esa soledad que abruma cuando se tiene y se extraña cuando no. 

Cada día, al salir o entrar al edificio, la buscaba. Seguía allí. Con el paso de los meses, parte ya del paisaje. No desaparecía como se suponía que hacían los restos de un animal. La piel aplastada seguía allí, pegada al asfalto, parte del asfalto, negándose a marchar y sin que ningún vecino ni barrendero municipal se preocupara de levantarla y llevarla a algún otro lugar. 

Se sentía contrariado por esa dejadez generalizada, aquel pensamiento de no es asunto mío, que lo solucione quien lo tenga que solucionar. Sin embargo, encontrarla en su sitio, descubrir que seguía allí un día más, le daba también una seguridad intangible, una certeza de que todo iría bien.